Imagen publicada por el PSE en sus redes sociales con Aitor Esteban tirándose a la piscina X (PSE-EE)
Visto lo sucedido la semana pasada a cuenta de la polémica del “meme de la piscina”, no parece que a nuestra clase política le preocupe en exceso renovar un estatuto que, evidentemente, está anticuado.
El contraste no puede ser más llamativo: mientras cuestiones estructurales de primer orden permanecen bloqueadas o aplazadas, el debate público se desplaza hacia episodios de escaso recorrido político pero alto impacto mediático. El espectáculo ha tenido tintes de bochorno para la ciudadanía y, si no fuese por la evidente desconexión de los votantes menos ideologizados respecto a los partidos políticos, los costes sobre la credibilidad de nuestras instituciones democráticas serían mucho más contundentes.
En este contexto, es de agradecer que el Lehendakari supiese introducir algo de coherencia e hiciese un llamamiento a los dos principales protagonistas de esta polémica —PNV y PSE— para que actuasen de forma responsable. Pradales habló de ejemplaridad política, un concepto que, aunque recurrente en el discurso institucional, rara vez se concreta en la práctica. Sin embargo, su sola mención sirvió para evidenciar hasta qué punto determinadas dinámicas recientes se alejan de lo que cabría esperar de partidos con responsabilidades de gobierno.
Aquí se viene a jugar en serio y de una manera adulta
Ahora bien, conviene ir un paso más allá. Aquí se viene a jugar en serio y de una manera adulta. Y si no se es capaz de hacerlo, quizá convendría replantearse el papel que se ocupa. Gobernar no es generar impacto puntual ni dominar el ciclo de redes durante unas horas; es gestionar problemas complejos, priorizar, negociar y sostener instituciones. Lo demás —la sobreactuación, el recurso fácil, la polémica de corto alcance— pertenece más al terreno del entretenimiento que al de la política pública.
La crítica, en este caso, debe repartirse. Por un lado, a los socialistas, por llevar el uso de la inteligencia artificial a una dimensión esencialmente instrumental y, en cierto modo, trivial. La potencialidad de la herramienta es extraordinaria, también —y sobre todo— para gobernar. Reducirla a la generación de memes sobre un socio de gobierno no solo es una simplificación, sino un claro desperdicio de capacidades.
Porque la IA ya está siendo utilizada en administraciones públicas con un impacto tangible. En Francia, por ejemplo, se están desarrollando sistemas que permiten identificar automáticamente qué ayudas corresponden a cada ciudadano en función de sus datos fiscales y administrativos, evitando que sea este quien deba navegar por un entramado complejo de normativas y portales. En Estonia, uno de los casos más avanzados, la administración digital permite anticipar necesidades del ciudadano y ofrecer servicios casi de manera proactiva. Este tipo de aplicaciones no solo mejoran la eficiencia, sino que reducen desigualdades en el acceso a derechos. Frente a esto, el uso de la IA como herramienta de confrontación política resulta, como mínimo, pobre en términos estratégicos.
Que la IA sea eficaz no implica que sea políticamente inteligente ni, mucho menos, deseable
Es evidente que la inteligencia artificial va a jugar un papel creciente en la comunicación política de “contraste” —la denominada comunicación negativa— y que su capacidad para amplificar mensajes es enorme. Se extenderá como la pólvora. Pero que algo sea eficaz no implica que sea políticamente inteligente ni, mucho menos, deseable. La construcción de una imagen pública y de una cultura política también se juega en estos detalles.
Dicho esto, la reacción tampoco ha estado a la altura. El meme, por más discutible que sea, no deja de insertarse en el marco de la crítica política, incluso en su vertiente más ligera o humorística. La respuesta más eficaz, desde un punto de vista estratégico, habría sido moverse en ese mismo terreno: relativizar, responder con ironía y evitar sobredimensionar el episodio. Sin embargo, la reacción ha tendido a proyectar incomodidad, cuando no cierto nerviosismo.
Y eso tiene implicaciones. En un contexto electoral, transmitir ansiedad rara vez es una buena señal. Es comprensible el malestar cuando la crítica procede de un socio de gobierno, pero no debería sorprender. En Sabin Etxea conocen bien el relato que Andueza ha construido en torno a su relación con el PNV: el de un partido que actúa como garante frente a posibles derivas soberanistas. Ese marco no es nuevo; forma parte del equilibrio implícito que sostiene la coalición. Tensionar esa relación, e incluso escalarla hacia el ámbito estatal en torno a una cuestión menor, no parece una decisión especialmente madura ni estratégicamente sólida.
El acuerdo les resulta funcional a ambos: al PSE le garantiza cuotas de poder que difícilmente alcanzaría en solitario, y al PNV le aporta estabilidad
Porque, en el fondo, estos episodios empiezan a ser recurrentes. Los desencuentros entre PNV y PSE se repiten con una cadencia casi previsible y, en muchos casos, con una puesta en escena que recuerda más a una dinámica de desgaste controlado que a una crisis real. Son, en cierto modo, unos “Pimpinela” de la política vasca: escenifican la confrontación, pero comparten intereses estructurales que hacen improbable cualquier ruptura. El acuerdo les resulta funcional a ambos: al PSE le garantiza cuotas de poder que difícilmente alcanzaría en solitario, y al PNV le aporta estabilidad, un elemento central en su narrativa de buen gobierno.
Sin embargo, hay un elemento que está cambiando y que introduce una variable nueva en esta ecuación: la disputa por el significado de la “política seria”. Porque los relatos no se construyen únicamente desde dentro; también dependen de cómo son reinterpretados por terceros. Y en ese terreno, EH Bildu está logrando proyectar una imagen de mayor consistencia y disciplina, en contraste con episodios como el que hemos visto.
Las broncas públicas entre socios no solo desgastan internamente, sino que alimentan la percepción externa de frivolidad o falta de rumbo. Y en un escenario donde una parte del electorado valora cada vez más la estabilidad, la previsibilidad y la capacidad de gestión, ese tipo de señales no son neutras.
La política madura implica entender las herramientas disponibles, incluida la inteligencia artificial, en toda su profundidad
La política madura no es únicamente una cuestión de asumir responsabilidades de gobierno. Es también una forma de ejercerlas. Implica entender las herramientas disponibles —incluida la inteligencia artificial— en toda su profundidad, utilizarlas con criterio y, sobre todo, mantener un sentido de la proporción en la acción y en la reacción. Gobernar exige algo más que estar; exige saber cómo estar.
Porque, al final, no se trata de si la política vasca necesita más o menos tecnología, más o menos comunicación o más o menos confrontación. Se trata de si quienes la protagonizan están dispuestos a tomársela en serio. Y eso, visto lo visto, sigue siendo una cuestión abierta.