Una persona camina con un andador en una imagen de archivo
Hice la pregunta y me hice la pregunta en reiteradas ocasiones en esos días en los que la noticia saltaba de una emisora a otra, de un canal de televisión a otro, de un periódico a otro.
Una de esas veces en las que me planteé la cuestión fue un jueves por la noche. Yo recién había llegado a casa del trabajo y estaba en el baño, frente al espejo. El cielo a través de la ventana era todavía de un azul intermedio, ni tan oscuro como en invierno ni tan claro como suele en verano a esas horas en las que muchos comienzan a invocar al sueño.
Me estaba desmaquillando cuando mi mirada se desvió más allá de la puerta, hacia mi habitación. Me detuve entonces a observar aquella cama enorme que hacía ya meses se había convertido en mi cobijo en las madrugadas, en nuestro cobijo. Cuántos secretos pueden llegar a ocultarse bajo las sábanas, pensé.
Amparados por el silencio. Amparados por la oscuridad. Aunque, al final, terminen saliendo a la luz.
¿Puede alguien presentir que duerme con un asesino?
Mientras me deshacía de las sombras y de la máscara de pestañas, me desbordaron unos cuantos interrogantes. ¿Cómo reaccionaría yo si un día me comunicaran que la persona que ocupa un pedazo de ese colchón, que se acuesta a mi lado, que roza mi piel, que roba mis respiraciones, que sufre mis desvelos… ha matado a su propio padre? Algo tan grueso, ¿se descubre de pronto o es posible intuirlo por gestos y palabras previas al crimen? ¿Puede alguien presentir que duerme con un asesino?
Los titulares de aquellos días tras la detención de Jonathan Andic como supuesto responsable de la muerte de su progenitor, describían a su esposa —la creadora de contenido, Paula Nata— como “su gran apoyo” en esos tiempos convulsos.
Sin embargo, el propio arresto y las dudas que han sobrevolado siempre sobre el hijo del fundador de Mango, ¿no le hicieron a esa mujer desconfiar de su marido, aunque fuera sólo por un instante? ¿Hasta dónde llega el amor? ¿De cuánto es capaz el amor?
¿Le contaría él la verdad de lo que ocurrió?
Quise imaginar, imaginarla en aquellas horas posteriores a que su suegro falleciera tras caer por un barranco próximo a Barcelona. ¿Percibió algo extraño Paula en su esposo? ¿Pudo ver algún ademán que le llamara la atención o notarle raro más allá del shock que provoca una muerte vivida en primera persona? ¿Le contaría él la verdad —fuera cual fuera— de lo que ocurrió?
¿Cómo afronta algo así una pareja que lleva apenas tres meses casada cuando suceden los hechos? Supongo que hay detalles al compartir cama que quedan al descubierto a pesar de la colcha que todo lo cubre. Un despertar, una preocupación, unos ojos abiertos en mitad de la madrugada, un llanto, una risa o el miedo que hace temblar el cuerpo como tiembla el agua de un río cuando lanzas una piedra.
En un principio, achacaron el fallecimiento a “un accidente fortuito”. Así que, aparentemente, la vida siguió para esa pareja que hasta formó una familia casi un año después de la tragedia. Y ahora que su padre vuelve a ser protagonista de la crónica más negra, el bebé debe tener apenas unos ocho meses.
¿Cómo gestiona Paula una maternidad reciente, con una muerte pasada aún presente y con una acusación tan cruda sobre su marido?
Hay sentimientos a los que no se puede poner filtro
De momento, ha cerrado todas las cuentas de redes en las que exhibía una vida de lujo. Un relato sombrío no encaja ya entre el brillo de las fotografías perfectas. Hay sentimientos a los que no se puede poner filtro, preguntas para las que el dinero no tiene respuesta.
Salgo del garaje. A pocos metros de una terraza abarrotada, me sobrecoge una imagen. La de una mujer que debe rondar los setenta y que duerme con la cabeza contra el pecho sentada en una silla de ruedas de la que cuelgan un montón de bolsas de plástico llenas de vacío. Qué paradoja. Nadie repara en ella. Como si su historia no se escuchara silenciada por el ruido de los vinos y las cervezas que vociferan entre las mesas de plástico.
La observo durante varios segundos, acostada en mitad de la calle con un asesino que no genera preguntas ni mata a balazos, sino en silencio y de a poco. Un asesino que, en este caso, lleva por nombre soledad.