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Una mujer disfruta de una baño en la piscina

Una mujer disfruta de una baño en la piscina Pixabay

Opinión

Al agua, patos

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Pues ya estaría. Todo listo, tú también, para el estreno oficial del verano y las señoras vacaciones. Momento con el que llevabas fantaseando desde Semana Santa. O antes. Tal vez seas ese tipo de gente. Psicópatas de la previsión que empiezan a planificar los campamentos del txiki y la quincena en Conil cuando los polvorones aún siguen en el píloro.

No te dé vergüenza confesar. A muchos humanos del siglo XXI les ocurre. Han perfeccionado un mecanismo de supervivencia que hipoteca el hoy a cambio de una promesa de felicidad futura porque la rutina se volvió asfixiante. Y así andan, restando días a la existencia como si el calendario fuera un mapa del tesoro donde la única equis que cuenta es agosto.

Pero aquí viene el chiste. Para cuando quieras darte cuenta se te peló media espalda, los anuncios de vuelta al cole colonizan cada rincón del súper y sientes el resplandor de las luces navideñas.

Nadie puede escapar a la gran verdad del verano. Un hecho empírico para el que no prepara la Universidad, una ley física que jamás contarán las agencias de viajes: cuanto más lo esperes, más rápido se escurrirá entre los dedos, como la arena de una playa que pisaste menos de lo que te gustaría porque cocinabas para cinco.

Y así andan, restando días a la existencia como si el calendario fuera un mapa del tesoro donde la única equis que cuenta es agosto

Antes de evolucionar en adulto más o menos funcional no era así. Terminaban las clases y allá quedaba septiembre, lejísimos, al otro lado de un océano lleno de jornadas pegajosas. El periodo estival carecía de dueño y se estiraba más que el chicle Boomer de la paga del domingo. ¿Por qué? La ciencia tiene las respuestas. La vida, el cepo.

Eran tres meses completos de asueto. Y tú apenas habías empezado a respirar. Con ocho años las vacaciones representaban un trozo gigantesco de tu corta trayectoria. A los cuarenta y tantos, apenas son un parpadeo en un currículum que empieza a pesar.

Además, en la infancia te dedicabas a estrenar. Todo, en algún momento, era nuevo: la colchoneta con forma de cocodrilo, el sabor del Frigo Pie, Paquito el chocolatero. El cerebro lo grababa en cámara lenta y alta definición.

Ahora las vacaciones son migajas, sobra cansancio y te falta asombro. Cuesta horrores desactivar el piloto automático con el que soportas los madrugones, el Excel, las facturas de las ortodoncias y las carreras al entrenamiento de fútbol. Por eso cunden regular. Y cuando empiezas a disfrutarlas, c’est fini.

Con ocho años las vacaciones representaban un trozo gigantesco de tu corta trayectoria. A los cuarenta y tantos, apenas son un parpadeo en un currículum que empieza a pesar

Triste, ¿eh? Toda una civilización ordeñada como vacas en una línea de producción que no puede parar a cambio de una promesa trampa: ya llegará el estío.

Y luego qué. No quiero aguar la fiesta, pero alguien debía decirlo. Este radiante paréntesis se parece poquísimo al paraíso que venden los anuncios de cerveza. El verano real es la maleta que no cierra y la bronca a las seis de la mañana en el aeropuerto. El atasco de la Operación Salida y la cola para hacer pis en el camping. La cuarta línea de playa masificada y tres ojos abiertos si tienes hijos pero no pueblo donde soltarlos. El regreso a la oficina en menos de lo que canta un gallo con el aire acondicionado roto, pilas de ropa sucia y el estrés de no saber dónde volver a colocar a tus pequeños tiranos.

Pero disimula. Las vacaciones, en esta era de comedia digital, también son un examen. Obvia la cuenta bancaria que flaquea aunque el sentido común optara por el apartamento noventero de la suegra en Benidorm. Sube muchas stories envidiables a Instagram y hazte el disfrutón con los compañeros. Sé el más chulo del rebaño.

Sueno amargada, pero no te equivoques. A pesar de los pesares, desnudada de mitos románticos y crueles verdades, la estación de las lagartijas y terrazas me encanta. Siempre será un regalo lleno de recompensas en apariencia insignificantes y, sin embargo, imprescindibles para mantener a flote la salud mental.

Toda una civilización ordeñada como vacas en una línea de producción que no puede parar a cambio de una promesa trampa: ya llegará el estío

Luz hasta las nueve. Cañas que se alargan. Silencio en el grupo de Whatsapp del cole. Marca de los tirantes. Melón. Siestas con el Tour de Francia de fondo. Canícula, porque es la excusa perfecta para bajar revoluciones y pasar de los mails a partir del mediodía. Y, por supuesto, tiempo.

El tiempo de verdad con la gente. No ese rato robado al salir de la academia de inglés o durante las sobras recalentadas en el microondas. Enseñar a la niña a tirarse en bomba, capturar cangrejos y liberarlos. El abuelo recordando por enésima vez la misma batallita y tú, por fin, sin prisa para escucharla. Conversaciones con la pareja sobre cosas importantes: el miedo a envejecer, por qué Júpiter brilla o si ya es tarde para mandarlo todo a la mierda y abrir una pollería a l’ast en Cambrils.

Y achuchar. Mucho. Aunque se pegue la piel. O, precisamente, por eso.

No sé si la vida entera es política. Pero el tiempo compartido sin reloj, seguro. El mayor acto de resistencia contra un sistema que privatiza hasta el último suspiro. Supongo, por tanto, que la pelea debería empezar por ahí: intentar arrancar al resto del año una pizca de soberanía en chanclas. Más verano, ya me entiendes, para el invierno. Y al agua, patos.