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Relevo generacional en una imagen de archivo

Relevo generacional en una imagen de archivo Gustavo Fring Pexels

Opinión

La política en Euskadi, sin relevo

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Uno de los temas que ya atraviesa la actualidad vasca y que será, con seguridad, uno de los condicionantes de la sociedad vasca en muchos aspectos de las próximas décadas es el proceso de envejecimiento de la población.

Como en la mayoría de países desarrollados del contexto occidental (y aunque ya se observa el mismo efecto en países de Asia y América), el problema central es la falta de relevo generacional.

La precarización de las condiciones materiales de vida, la crisis del modelo de Estado del Bienestar, el bloqueo en el acceso a la vivienda y algunos cambios culturales que implican un mayor individualismo han traído consigo una caída de las tasas de natalidad y fecundidad sin precedentes.

Nadie o muy pocos le prestan la suficiente atención

Nuestra sociedad ya no es joven y se está envejeciendo a pasos agigantados, sin que nadie, o muy pocos, le presten la suficiente atención.

Tampoco se hizo en el pasado, cuando los datos ya anticipaban estas tendencias. Aunque este asunto no estaba —ni está — en la agenda con la intensidad que debería, el envejecimiento de la población supone una serie de consecuencias sobre la sociedad, la economía y la política vasca que es pertinente analizar.

La primera gran consecuencia es social y es, tal vez, la más grave e inmediata de todas. De hecho, en cierta medida ya está sucediendo y tiene que ver con el Estado del Bienestar, los cuidados y los recursos destinados a sostener la vida más allá del periodo laboral.

Los recursos son limitados

Una población más envejecida implica que hay que destinar más personal y recursos a cuidar a nuestros mayores, pero los recursos —tanto humanos como materiales y de equipamiento— son limitados.

La literatura liberal lleva años alarmándose con lo insostenible de las pensiones. Ese problema no es nada comparado con el hecho de que no se podrá cuidar de las personas mayores de una forma adecuada y eso supondrá un coste para las arcas públicas difícil de asumir sin aumentar la recaudación.

El segundo sector afectado es la economía. Euskadi ha emprendido un camino hacia la reindustrialización y esto implica la necesidad de mano de obra cualificada. No hay que ser un lince para concluir que, si no hay jóvenes a los que formar, no habrá jóvenes formados y, por tanto, se encontrará menos talento o incluso menos empleados.

Hay soluciones, pero no son fáciles ni gustarán a todo el mundo

El sector de la hostelería puede seguir lamentándose de su situación con respecto a la mano de obra, pero este fenómeno tiene peores consecuencias para la industria en un momento vital para la economía vasca y europea. Ojo, hay soluciones, pero no son fáciles ni gustarán a todo el mundo.

El tercer sector, y del que menos se habla, es el de la política. La situación es semejante a la afección a la economía. Si no hay jóvenes formados, no habrá dirigentes políticos lo suficientemente preparados para sustituir a los líderes actuales. Esto está empezando a manifestarse desde la base.

Ninguno lo reconocerá, porque muestra debilidades a nivel estructural que no es bueno reconocer en público, pero ahora mismo los partidos políticos vascos —todos— están teniendo o tendrán muchas dificultades para completar las listas municipales en muchas localidades. Algunos partidos incluso han empezado a designar cabezas de listas algo más jóvenes que los líderes salientes.

Si las listas municipales no se llenan, las opciones de encontrar líderes capaces para las transformaciones sociales necesarias para el futuro serán menos y de menor calidad

Pero esta es solo la punta del iceberg del problema. Las elecciones municipales son uno de los mecanismos más efectivos para formar y seleccionar a los líderes políticos del mañana. Si las listas municipales no se llenan, las opciones de encontrar líderes y lideresas capaces para las transformaciones sociales necesarias para el futuro serán menos y de menor calidad.

Además, las renovaciones de liderazgo futuras serán menos frecuentes y los políticos tenderán a apoltronarse en sus sillones —más aún—.

Y esta es la segunda vuelta del efecto. Con menos líderes y, por tanto, con líderes de menor calidad, la desconexión con la ciudadanía será mayor, ya que, entre otras consecuencias, es muy posible que los arribistas y oportunistas políticos tengan más presencia dentro de las estructuras de los partidos y de las administraciones y gobiernos, y eso puede significar que habrá más corrupción.

A la operación de maquillaje momentánea ha sucedido un retorno autoritario dentro de los partidos políticos

¿Soluciones? Mucha gente abogará por abrir los partidos políticos, hacerlos más plurales, adelgazar sus normas, exigencias y estructuras. Eso no es posible. Ya se ha solicitado en otros momentos históricos y, al menos, no solo no ha sucedido. A la operación de maquillaje momentánea ha sucedido un retorno autoritario dentro de los partidos políticos —de todos—.

Pero sí hay soluciones. El problema es que pasan por transformar el sistema político con cambios importantes. El primero, establecer la edad de voto a los 16 años. Necesitamos que los jóvenes se adentren en la vida política mucho antes y, solo bajando la edad de voto a los 16 años, estos jóvenes tendrán más inputs políticos y empezarán a arrojar outputs con más antelación.

Sí, necesitaremos generar vías y canales para la participación política de todos los niveles de los migrantes, y eso implica hablar otros idiomas, lenguajes y entender otras culturas políticas sin despreciar la nuestra.

Cada vez es más común ver en redes sociales campañas electorales de migrantes movilizados a kilómetros de distancia por candidatos de sus países. El interés por la política ya lo tienen. Solo hay que atraerlo hacia la vida en nuestras instituciones.

Pero hay una tercera que me parece fundamental y que, desgraciadamente, al menos en lo discursivo está en retroceso. Los discursos que hablan de excluir a las mujeres del voto o del derecho a ser elegidas son cada vez mayores y, si bien es cierto que son discursos percibidos como radicales y alejados de la realidad, esconden un retroceso —de momento no trasladado a la práctica— que añade presión a las mujeres para empezar a participar y permanecer en la política.

Reforzar el papel de las mujeres en política es la forma más efectiva de garantizar el talento en nuestras instituciones.

Estas son tres medidas que implican cambios y normas legislativas y transformaciones profundas, pero ya no nos podemos permitir posponerlas. La crisis demográfica ya ha llegado a la política; todavía podemos evitar que tenga consecuencias irreversibles.