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Dos mujeres en la playa

Dos mujeres en la playa Pixabay

Opinión

¡Cuerpo!

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Qué de cosas han vuelto a suceder desde el lunes. El Papa triunfando como la crema catalana, incendio forestal en Huelva, las fotopollas de JotDown, Irán bombardeado, el Mundial de Fútbol en marcha con Shakira y su cliché de negritos descalzos. ¿Te aburres? Porque quieres.

A mí la frenética actualidad, a veces trágica, en ocasiones desopilante, me ha ayudado estos días a distraer el foco de una seria amenaza. Quizá tú también la compartas. Es el trozo de licra que, temporada tras temporada, reaparece con intención de dejarnos literalmente en bragas y chulear la autoestima.

Confieso. Llegué pelín tensa a este verano precoz. La Operación Buenorra me ha pillado perfeccionando recetas de bizcocho, con la endometriosis a gritos, rosácea, superávit de estrés y déficit de sentadillas. Pero ayer la calorina me empujó a ese zoológico acuático llamado piscina municipal. Y, fíjate por dónde, entre las distracciones mediáticas y lo que vi al momento, relativicé mi vergüenza en bañador.

No te lo vas a creer. Aún autorizan la entrada a todos los cuerpos. Y además funcionan: flotan, se tiran por el tobogán y hacen la albóndiga en la toalla. De normal, sin cagarse encima.

Mirase con disimulo donde fuera, ahí estaban. Gordos, enjutos, velludos y calvos, varices más transitadas que la AP-1, cicatrices de cesárea, chepas y culos caídos. Un catálogo infinito de carne real respirando el mismo aire sin pedirnos permiso, ni perdón.

Veneración a la belleza ha habido siempre, cada época con sus cánones. Sin embargo, lo de ahora es un asedio inédito. Nunca hubo tanta sobreexposición, ni exigencias llamando a la puerta 24 horas al día. Jamás esta artificialidad, ni el empeño en hacer de la biología una auditoría permanente.

Entonces volví a caer en la cuenta de algo que cada poco dejo pasar: ese esplendor anatómico destinado a fagocitar reels y anuncios de perfumes donde la gente susurra por bajada de glucosa no existe. O son cuatro excepciones contadas alimentándose de aire, filtros, bótox, juventud con fecha de caducidad y muchísima desdicha.

Sonará políticamente incorrecto, como casi todo a estas alturas, pero quiero darte la enhorabuena si un año más lograste resistir al bombardeo de eso que llamo industria del remordimiento. Una combinación de intereses mercantiles y narcisismo de parvulitos que recurre a la excusa de “ponte en forma” o “conecta con tu salud” para hacerte sentir un cachivache defectuoso. Cuando, en realidad, solo está vendiendo tiranía estética.

Y qué quieres que te diga. Para engañar con eslóganes tramposos, más packaging epatante, ya está la mejor palmera de chocolate del mundo. La mejor en detectar imbéciles.

Vale, sé que estás pensando y coincido. Veneración a la belleza ha habido siempre, cada época con sus cánones. Sin embargo, lo de ahora es un asedio inédito. Nunca hubo tanta sobreexposición, ni exigencias llamando a la puerta 24 horas al día. Jamás esta artificialidad, ni el empeño en hacer de la biología una auditoría permanente.

El algoritmo de mi móvil llevaba meses dando la tabarra para empezar junio divina de la muerte. Además, espía con bastante menos tacto que Mata Hari y me tiene calada. Sabe cuántas primaveras gasto, que olvido dos de tres días la pastilla de magnesio y me desmaquillo fatal.

Así que, nada más entrar en Google o Instagram, tachán: pilates coreano de pared, dietas altas en proteínas, suplementos de berberina, anda y no corras, corre y no andes, pesas sí, cardio depende, hilos tensores, rutinas de skincare… Un bucle infinito de publicaciones patrocinadas por mala gente, o pobre gente, que incita a borrar patas de gallina, moldear brazos colganderos y extirpar esa grasa abdominal que yo atribuía al vermú con rabas del domingo pero no, al parecer es fascia.

Probablemente siente fenomenal seguir con pilates, abandonar el azúcar, ir con más frecuencia a la peluquería y renovar el armario. Eso jamás lo discutiré. Pero yo propongo otro ejercicio sanísimo para disfrutar de tu reflejo. Te vas a reír: aceptación.

El ojo se está desacostumbrando a la verdad de la existencia humana: el poro, la estría, el rollito de la espalda. Y eso conduce a una dismorfia colectiva muy loca. Si tu cuerpo no fue cincelado por los mismos ángeles en un arrebato de orfebrería fina, ponte manos a la obra porque tienes un problema y Houston está a sus cosas.

Ya ves, tú que hasta entonces pensabas en él como guarida de placeres y pecados. Tú que una vez lo consideraste un lugar tan bueno como cualquier otro en el que habitar. De pronto, te entran ganas de encargar Ozempic y tres kilos de colágeno en el mercado negro para acabar con tanta angustia. Solo que entonces ves a todas esas famosas consumidas por la infelicidad de no poder rebañar una buena salsa verde ni levantar la ceja para mostrar estupefacción por los mensajes de Ábalos con Miss Asturias, y desaparecen.

Probablemente siente fenomenal seguir con pilates, abandonar el azúcar, ir con más frecuencia a la peluquería y renovar el armario. Eso jamás lo discutiré. Pero yo propongo otro ejercicio sanísimo para disfrutar de tu reflejo. Te vas a reír: aceptación.

¿Difícil? Por supuesto. Ahora bien, piénsalo. Cada quien carga con sus particularidades, vengan de nacimiento o por evolución vital. No vas a estar resolviéndolo todo: las orejas de soplillo, el michelín de los cincuenta, la teta desinflada por el parásito de tu hijo. En algún momento habrás de parar. Mejor, antes de que te detenga tu propia senectud o una sepsis en la clínica estética que regalaba aumento de pómulos con la liposucción.

Además voy a contarte un secreto, por si sirve de consuelo. A la mayoría de mortales que te cruzas saliendo del agua les importa tres pimientos tu pinta. Están demasiado ocupados metiendo tripa o son seres avanzados que pasan de tonterías. Y por eso suele ocurrir, cierto pacto silencioso de no agresión. Yo no juzgo tu retención de líquidos, tú ignoras mi melasma.

Por terminar, matiz para ofendidos. Eres libre de aspirar a una silueta Danone. Tienes todo el derecho del mundo a sacrificar tu paz mental en el altar del gimnasio, la báscula o el quirófano. Pero el dato supremo, el único axioma incontestable, es lo que te decía al principio: salvo causa de fuerza mayor, tu cuerpo sirve. Para jugar a las palas y arrastrarte al chiringuito a por una Estrella Galicia bien fresquita con su correspondiente ración de bravas sin inspeccionar la etiqueta de la culpa. Sobra y basta para echar unos largos y broncearte, que el moreno sube el guapo.

Esto es lo que yo me repito al empezar las vacaciones. Y esto lo que aconsejo hacer si asoman complejillos y, único requisito, eres un bípedo funcional. Suena a Mister Wonderful, aviso. Cuando vayas a la playa, observa tus huellas al caminar sobre la arena húmeda. Son la señal inequívoca de que milagrosamente existes, ocupas un espacio legítimo en la tierra y estás aquí para gozarla otro verano.

Así que, si nadie más te piropea, lo haré yo con tu consentimiento: ¡cuerpo! Eres una máquina maravillosa que come, sueña, abraza, se ríe de chistes malos y continúa levantando de la cama mientras el mundo estalla. No encuentro mejores razones para pedir otra ronda y brindar por nuestra perfecta imperfección.