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Una persona hace cuentas en busca del beneficio económico.

Una persona hace cuentas en busca del beneficio económico. Jakub Zerdzicki (Pexels)

Opinión

Maximizar el beneficio

En nuestra sociedad, la más mínima defensa del mercado siempre despierta el mismo contraargumento (un auténtico argumento de paja): ¿eres tan ingenuo como para imaginar que en el mercado encontraremos el paraíso?

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Es fascinante la expresión “maximizar el beneficio”. Fascinante por algo que el sociólogo o la politóloga que la utilizan no alcanzan a sospechar: convierten al maximizador en un demiurgo capaz de transformar, a su antojo, de un plumazo, la compleja realidad.

Parece que el que maximiza el beneficio se lo guisa y se lo come. “¿Qué tal si maximizo el beneficio? -se dice a sí mismo- Sé que es una fechoría, es un acto reprobable pero… bueno, dinero es dinero y solo se vive una vez: vamos a maximizar el beneficio. No se hable más”.

El planteamiento es claro: uno maximiza el beneficio porque no tiene ningún pudor moral. Uno vende secadores de pelo, seguros de vida o barcos de recreo y de repente, un día, decide maximizar el beneficio. La cuenta de resultados se dispara. Maximizas el beneficio y te haces rico. Es una presunta ley económica que se ha asentado en los periódicos, las escuelas y las tribunas políticas.

Claro que el mercado no es el paraíso. Pero las limitaciones recíprocas que establece la libre competencia y las elecciones diarias de millones de personas exigen a las empresas un constante esfuerzo por mejorar… y por abaratar costos

Maximizar el beneficio, en la mente de los detractores del mercado, es un sorprendente ejercicio de voluntad. Subes los precios de tus cosas, la gente llora, gime... pero al fin las compra, y tú cobras, y ya está.

Esa superstición aflora con fuerza en el discurso público, como asoman los hongos después de la tormenta. No han tensión de oferta y demanda, no hay competencia de otros proveedores, no hay problemas de producción y distribución. Maximizas el beneficio, te forras y a vivir. Resulta sorprendente.

En nuestra sociedad, la más mínima defensa del mercado siempre despierta el mismo contraargumento (un auténtico argumento de paja): ¿eres tan ingenuo como para imaginar que en el mercado encontraremos el paraíso?

Pues no, malas noticias: en este mundo, ni siquiera el socialismo (“la tierra será un paraíso”, decía el viejo himno) podrá traernos la felicidad completa, la fraternidad absoluta, el paradisíaco placer. El mercado no es la panacea. El mercado está trufado de estafadores, engañabobos, tunantes, bribones y granujas. Por decirlo de forma inteligible: los seres humanos, en el mercado, pueden comportarse como pueden comportarse también en la política.

Si el delito por antonomasia del sector público es la malversación (en un amplio abanico de tipos delictivos), el delito por antonomasia del mercado es la estafa: gente que miente, gente que no cumple con lo que prometió, gente que no paga lo que debía

Reconocer que los mecanismos de mercado impulsan la prosperidad económica no implica que los agentes que en él operan sean ángeles a salvo de las pasiones humanas: las virtudes y los defectos del mercado (y del estado) como las virtudes y defectos del liberalismo (y del socialismo) vienen condicionados por un mismo hecho fundamental: la naturaleza humana.

Si el delito por antonomasia del sector público es la malversación (en un amplio abanico de tipos delictivos), el delito por antonomasia del mercado es la estafa: gente que miente, gente que no cumple con lo que prometió, gente que no paga lo que debía.

Pero para eso debería existir el estado, para penar esos incumplimientos, y no para dedicarse a la constelación de actividades absolutamente inútiles a las que dedica tantísimos recursos. Una de las funciones básicas del estado es impartir justicia; con ella, penar las estafas entre particulares, labor que desde luego no realiza hoy día, como saben muchos de los que hayan recurrido al poder judicial en busca de amparo ante una deuda no satisfecha de 1.000, 10.000 o 100.000 euros. El estado hace muchas cosas (algunas absolutamente necesarias, algunas completamente grotescas) pero proteger a las personas de otras personas (en los contratos o en la vía pública) no es una de ellas.

Claro que el mercado no es el paraíso. Pero las limitaciones recíprocas que establece la libre competencia y las elecciones diarias de millones de personas exigen a las empresas un constante esfuerzo por mejorar… y por abaratar costos.

Acusar a la empresa de “maximizar el beneficio” supone una asombrosa deformación de la mera realidad. Incluso en un mercado tan condicionado como es hoy el que conforma la economía europea, toda persona alfabetizada debería saber que quien busca maximizar el beneficio acaba arruinado, que quien realmente prospera es quien minimiza el beneficio y, todavía más, que quien minimiza el beneficio hasta puede llegar a hacerse rico.