Fotograma de "Operación África"
Trabajo en televisión y, sin embargo, hacía mucho -demasiado- que no me emocionaba con la televisión.
En estos tiempos de noticias y programas televisivos con nombres propios. Leire. Koldo. Cerdán. Villarejo. Zapatero. León XlV. Bad Bunny. Florentino. Trump. Begoña. Peinado. Sánchez. Ábalos. Abascal.
En estos tiempos corruptos de todo y de nada, de prueba error, de quita y pon en la pantalla… en estos tiempos agitados y revueltos como el agua de un río cuando hay tormenta, encontré la calma y un ápice de humanidad en un formato que no tiene nada de nuevo, pero mucho de valiente.
Quizá lo han visto, quizá no, y lo recomiendo encarecidamente, aunque creo es tarde teniendo en cuenta que su emisión ha sido tan fugaz como el rastro de un avión en el cielo.
Caí en él una noche de miércoles, de casualidad, de camino a la cama, cuando no había nada ya capaz de sostenerme en pie tras una jornada -otra más- de carreras interminables para llegar al mismo lugar de siempre, a ninguna parte.
Me encontré en el televisor, sin pretenderlo, con ese cirujano valenciano al que yo asociaba con reconstrucciones imposibles y me despertó curiosidad descubrir qué hacía aquel reputado doctor, de nombre Pedro Cavadas -seguro que les suena- en un paisaje de colores marrones, tejas y amarillos salpicados de unos pocos puntos verdes que no eran más que árboles incapaces de dar sombra en un lugar en el que el sol lo abarca todo.
El caso es que lo que tenía ante mí era “Operación África”. Un documental, en una cadena pública, en horario de máxima audiencia. Algo casi tan llamativo y esperanzador como el trabajo que el doctor Cavadas realiza en esas tierras áridas de Tanzania desde hace más de veinte años. Su presencia en ese continente es para las comunidades masai lo que, para los creyentes, estos días, la del papa en España. “Para ellos es la oportunidad de sus vidas”, asegura el sanitario.
“La medicina no salva vidas, pero alivia el sufrimiento”, dice en un momento del documental el doctor Cavadas. Igual que la fe que alivia y repara, añado yo
Una oportunidad que se traduce en más de once mil intervenciones quirúrgicas con un calor paralizante y sin los medios y las comodidades que acostumbramos en nuestros hospitales. “Doctor, ¿usted por qué hace esto?”, le preguntan. “Por el soberano placer de regalarle a alguien una vida nueva”, responde.
Confieso que me atrapó su mirada, su forma de hablar, de dirigirse, de tratar a los enfermos. Su empatía, tan añorada cuando hay que mendigar hasta un saludo de pasillo. Me arrugó su generosidad desbordante como una cascada infinita. Su entrega. Su manera de enseñar, de hacer equipo con el resto de profesionales españoles que le acompañan -y que no son muchos- en esta aventura solidaria. Sus palabras de aliento hacia esas personas que, cada año, peregrinan desde aldeas remotas para que este hombre les reciba en una sala destartalada, en un quirófano improvisado, en un rincón en el que todo escasea salvo lo más importante: la humanidad.
Me conmovieron las historias de los pacientes que acudían a él como quien acude a Lourdes en busca de un milagro. Me recordaron que el miedo, el dolor, la incertidumbre, la felicidad y el agradecimiento se reflejan de la misma forma aquí o a miles de kilómetros en un paraje copado de chabolas de paja aparentemente a años luz del nuestro, aunque en realidad, no tan lejano ni tan diverso.
El miedo dibujado en los ojos de una madre cuya hija va a ser operada de un pie. La incertidumbre esbozada en el gesto serio de un padre a cuyo hijo unos tumores le impiden caminar en una comunidad en la que el futuro depende precisamente de eso, de caminar pastoreando a un ganado raquítico. La felicidad plasmada en la sonrisa imperfecta y amarillenta de un hombre a quien este médico le llevó a Valencia para devolverle a la vida tras un accidente con un elefante. El dolor. El dolor aguantado durante días, meses hasta la ansiada llegada de este doctor y durante años e incluso décadas si ese hombre jamás acudiera al rescate.
“Cada vez me cuesta más venir, pero alguien tendrá que hacer estas cosas”, asegura este cirujano que, no satisfecho con su labor, se hace cargo también de la formación de jóvenes de aquella comunidad para que cuando él ya no esté, alguien pueda continuar con su legado y seguir curando.
“La medicina no salva vidas, pero alivia el sufrimiento”, dice en un momento del documental el doctor Cavadas. Igual que la fe que alivia y repara, añado yo. Y no me refiero únicamente a esa fe en algún Dios que ha revoloteado estos días por nuestro país como un puñado de pájaros. Casi más sanador es creer que todavía existen personas como él. Con un ápice de humanidad. Al servicio de la humanidad.