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Alberto Núñez Feijóo

Alberto Núñez Feijóo EFE

Opinión

La Ley de nietos o la fábrica de la sospecha permanente

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Hasta hace poco parecía impensable que se pudiera sembrar la duda sobre la limpieza en los procesos electorales, sin embargo, de un tiempo a esta parte las voces políticas que empiezan a remover el avispero sobre la falta de transparencia o manipulación arrecian. También en la calle, en las redes o en pseudomedios de comunicación que lo han llevado a la agenda pública.

La compañía tecnológica Indra fue uno de los primeros objetivos de aquellos que intentan diseminar la duda, la sospecha, la mano negra sobre la manipulación electoral ya en las elecciones generales de 2023. El bulo consiste en señalar a Indra como un tentáculo a voluntad del Gobierno sanchista para meter mano al escrutinio de los votos, cuando en realidad Indra solo se encarga de las trasmisión de los datos. La propia Junta Electoral ha tenido que salir al paso para desmentirlo varias veces, indicando que no hay posibilidad de amaño en el sistema de la contabilización de votos ya que se contean en cada mesa electoral.

De nuevo ahora reaparece el fantasma del fraude a cuenta de la llamada Ley de Nietos. Se trata de la disposición octava de la Ley de Memoria Democrática que entró en vigor en 2022 y que nació con la voluntad de reconocer los derechos a la nacionalidad de los descendientes de quienes huyeron de España durante la Guerra Civil y la represión franquista. Desde octubre del año pasado no se admiten más solicitudes y hasta la fecha se ha reconocido a 544.000 personas. Durante la tramitación parlamentaria de esta ley, a la que se opuso el Partido Popular, no obstante, no tuvieron objeción a este punto concreto sobre los descendientes. De hecho, varios dirigentes populares, incluido Alberto Núñez Feijóo cuando presidía la Xunta de Galicia, promovió este derecho para la diáspora, especialmente en Latinoamérica.

Las democracias no solo se debilitan cuando existe fraude electoral, también se erosionas cuando se convence a la ciudadanía de que el sistemas está manipulado en pie a mentiras o medias verdades

Vox ha hecho causa de este asunto, pero ha sido el PP quien se ha agarrado con fuerza a esta bandera para deslizar la idea de que se ha ejecutado con la intención de conseguir votantes. No hace falta denunciar siquiera fraude de manera explícita. Basta con insinuar que las reglas del juego han sido alteradas y la Ley de Nietos se ha convertido en el último ejemplo de esta estrategia.

El presidente del PP ha afirmado esta misma semana que lo que se esconde tras la norma es arquitectura electoral con el interés evidente de fabricar votantes. La idea es sencilla y eficaz desde el punto de vista propagandístico, el Gobierno estaría creando miles de nuevos votantes para garantizarse victorias futuras. Este mensaje apela a una sospecha muy poderosa, que las elecciones pueden dejar de reflejar la voluntad popular. Una afirmación tan grave exige pruebas igualmente sólidas, y esa pruebas sencillamente, no existen. Como tampoco existe la unanimidad de color político de quienes pudieran obtener el derecho a votar en virtud a la normativa. Un auténtico dislate y un vergonzante bochorno para un partido llamado de Estado.

Esto ha sido el último, pero no podemos dejar de recordar la denuncia sin pruebas de la presidenta de Extremadura, María Guardiola, sobre un presunto fraude en el voto por correo por el robo cometido por unos delincuentes comunes en una oficina postal que nada tenía que ver con las sacas de sufragios. Y eso que fue la ganadora de las elecciones, pero por si acaso esta estrategia del bulo funciona a base de poner la venda por si hay herida.

En numerosas democracias se ha normalizado el discurso que cuestiona las reglas democráticas cuando el resultado amenaza ser desfavorable

Esta semana ha terminado el proceso de regularización de migrantes, otro foco de mentiras. Desde las filas populares y de la ultraderecha se han inflado a decir que estas personas con el derecho a la residencia adquieren el derecho a voto, algo completamente falso, e insisto ¿cómo se hace para que todo el mundo decida coger la papeleta al que señalan como corruptor del sistema? Es de locos.

Las democracias no solo se debilitan cuando existe fraude electoral, también se erosionas cuando se convence a la ciudadanía de que el sistemas está manipulado en pie a mentiras o medias verdades. La desconfianza permanente acaba siendo tan dañina como el fraude real, porque mina la legitimidad y convierte cualquier resultado desfavorable en sospechoso. A todos nos viene a la cabeza el asalto al Capitolio motivado por Trump y la no aceptación de los resultados electorales o Bolsonaro en Brasil.

Como vemos, esta forma de hacer política no es exclusiva de España. En numerosas democracias se ha normalizado el discurso que cuestiona las reglas democráticas cuando el resultado amenaza ser desfavorable. Se alimenta el clima en el que el adversario deja de ser un rival legítimo para convertirse en perversos manipuladores del sistema.