Un bebé en una imagen de archivo Efe
Tras décadas de indigencia mental, Europa ha tomado conciencia de los problemas que acarrea una tasa de fecundidad de nivel subterráneo. El hecho, que ya era conocido y preocupaba a algunas personas, alcanza una nueva dimensión: ahora preocupa a los políticos. Esta es la novedad de los últimos años. Quizás debamos agradecérselo. Quién sabe.
Lo que aún no forma parte de esa preocupación es que el fenómeno, que circunscribimos a Europa, alcanza a otras partes del globo, con una sola excepción.
África reúne a los países más pobres del mundo. Son estos los que mantienen una altísima tasa de fecundidad. Níger (6,6) y Somalia, Congo o Chad (6,0) encabezan los índices de hijos por mujer. Nigeria, con una población de casi 200 millones de habitantes, mantiene un índice de 5,0. África es, por tanto, una bomba demográfica, cuyos efectos (algunos predecibles y otros no) se extenderán durante las próximas décadas.
Ello contrasta con índices deprimentes en el resto del mundo. La tasa de fecundidad global se sitúa en 2,3, poco por encima del 2,1 necesario para el reemplazo generacional. Muchos países americanos se hallan por debajo del 2,1. Chile (1,2) mantiene incluso un índice aún más bajo que España. Las noticias sorprendentes provienen de otras partes: India o Bangladés (2,0), China (2,1), Túnez (2,0) y países como Turquía o Marruecos, un 1,9.
En África, los países más avanzados tienen tasas de fecundidad mucho menores que las de los países más pobres
Varias conclusiones pueden extraerse de todo esto. La primera, que no hay control de la natalidad más efectivo que la prosperidad económica. Es una correlación rigurosa: en África, los países más avanzados tienen tasas de fecundidad mucho menores que las de los países más pobres.
Una segunda conclusión: los datos comparados echan por tierra un socorrido argumento para explicar la bajísima tasa de fecundidad europea. ¿Cómo vamos a tener hijos en Europa a la vista de los precios de la vivienda y la inestabilidad laboral? La vida está difícil y los europeos no pueden tener hijos, pero, por alguna extraña razón, sí viajan en masa a lugares exóticos.
Aún más, en Europa, las clases más desfavorecidas son las más fecundas. A medida que se asciende en la pirámide social, crecen los coches de alta cilindrada, los chalés en la costa y son los hijos los que empiezan a escasear.
Los colectivos de otros países que vienen a vivir entre nosotros modifican su cultura y tienen menos hijos que aquellos que tendrían en su lugar de origen
Una tercera conclusión: la esperanza depositada por algunos en que una inmigración intensiva resuelva nuestro problema es más un parche que una solución. A medio plazo, el resto del mundo no estará en condiciones de ayudarnos. Incluso los colectivos de otros países que vienen a vivir entre nosotros modifican su cultura y tienen menos hijos que aquellos que tendrían en su lugar de origen.
Una cuarta conclusión: las medidas de estímulo a la natalidad no funcionan. Distintos países europeos han impulsado proyectos de aumento de la natalidad, la mayoría de ellos muy poco imaginativos (transferencias dinerarias) y con efectos casi nulos.
Podría argüirse que el mundo estaría igual (incluso mejor) con menos cientos de millones de personas, pero lo cierto es que en la sociedad desarrollada una depresión demográfica acarrearía una paralela depresión económica, de efectos impredecibles.
El solo hecho de tener hijos se ha convertido en un suceso entre cómico, martirial, farragoso e inconveniente
A la vista de este panorama, se me ocurre un estímulo distinto para recuperar la natalidad, un estímulo que nada tiene que ver con subvenciones dinerarias o deducciones fiscales, pero que exige, sin embargo, una revolución mental: recobrar la consideración social de la maternidad (y de la paternidad, claro), en una sociedad donde el solo hecho de tener hijos se ha convertido en un suceso entre cómico, martirial, farragoso e inconveniente.
Los adalides de un estado fuerte (aún más fuerte) enfatizan la gran aportación social que suponen los impuestos. Con asombro, nadie o casi nadie reconoce la gran aportación social (aún más grande que la primera) que supone traer hijos al mundo.
No sé cómo podría articularse esa nueva mentalidad, pero sí sé que es lo único que podrá salvarnos de esa depresión demográfica y económica que apunta al final del horizonte. Formar una familia, traer hijos al mundo, no sólo debería ser de nuevo algo admirable y admirado, sino incluso digno de agradecer.