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Jóvenes en el centro de Vitoria para ver el partido de semifinales del Mundial 2026 entre Francia y España

Jóvenes en el centro de Vitoria para ver el partido de semifinales del Mundial 2026 entre Francia y España EFE

Opinión

Símbolos y convivencia

El decorado simbólico, estético y emocional de Euskadi lo administra, en condiciones de exclusividad, la izquierda abertzale

Publicada

No es mi intención hablar sobre el asunto futbolístico, pero sí hilar dos reflexiones a cuenta de los violentos sucesos del pasado domingo.

La primera, que las agresiones que padecieron aficionados al fútbol por el mero hecho de pasear con la camiseta o la bandera españolas sólo constatan, de nuevo, una evidencia que algunos venimos repitiendo: el decorado simbólico, estético y emocional de Euskadi lo administra, en condiciones de exclusividad, la izquierda abertzale.

Los demás agentes políticos hacen como si nada y asumen el fenómeno en silencio. Ese monopolio determina que, en las escasas ocasiones en que cualquier otra simbología se hace visible, el hecho se convierte en casus belli. Las celebraciones por el triunfo de la selección española (Ni siquiera eso: la sola presencia de una persona vestida con una camiseta roja antes del partido) provocaban oleadas de adrenalina, desencadenaban taquicardias, suscitaban sofocos y subidas de tensión.

Toda la violencia padecida en Bilbao, Eibar o Pamplona el pasado domingo se fundó en la incapacidad de tolerar un imaginario ajeno al hegemónico. Por eso, los que administran ese imaginario se sienten legitimados para practicar la violencia.

Más allá de los argumentos “técnicos”, y no tan técnicos, de la existencia de unas u otras selecciones deportivas (lo cual no es objeto de este artículo) se confirman una realidad: el decorado emocional de Euskadi no es compartido, ni plural, ni diverso. Está en unas manos concretas. Y cualquier alteración del paisaje, en términos simbólicos, se considera intromisión.

Y una segunda reflexión, a la vista de las condenas que los partidos democráticos realizaron con motivo de esos hechos violentos. El lehendakari Pradales expresó en nota de prensa su condena por las agresiones: “son comportamientos incompatibles con los valores de respeto y convivencia que definen a nuestro país”. Y el ayuntamiento de Bilbao reivindicó “el respeto y el civismo” como señas de identidad de la capital vizcaína.

Los vascos (o, al menos, los vascos con altas responsabilidades políticas) identifican a nuestro pueblo con la tolerancia, el pacifismo y la convivencia. Parece que los vascos somos un admirable ejemplo a ese respecto. Pero esa recurrente declaración es un ejercicio de voluntad. La historia vasca es convulsa, cruenta, belicosa; y esa belicosidad se manifiesta a efectos internos

Aunque forman parte del reiterado discurso institucional (el lehendakari Ibarretxe insistía mucho en ellas, subrayando la condición sustancialmente pacífica del pueblo vasco) esas declaraciones suscitan perplejidad.

Los vascos (o, al menos, los vascos con altas responsabilidades políticas) identifican a nuestro pueblo con la tolerancia, el pacifismo y la convivencia. Parece que los vascos somos un admirable ejemplo a ese respecto. Pero esa recurrente declaración es un ejercicio de voluntad. La historia vasca es convulsa, cruenta, belicosa; y esa belicosidad se manifiesta a efectos internos. En cierto modo, los vascos siempre hemos vivido sumidos en un atroz guerracivilismo, explícito o latente.

Las luchas de banderizos, caracterizadas por su crueldad, asolaron el país en la Edad Media. Los siglos XVII y XVIII estuvieron salpicados de levantamientos; junto a ellos, se desarrolló una tensión constante entre las villas comerciales y el campo de Tierra Llana. En el siglo XIX, sobre una crónica inestabilidad política y social, participamos activamente (muy activamente, más activamente que todos los demás) en dos guerras civiles.

Al decir que fueron extranjeros los que invadieron Bizkaia y Gipuzkoa en 1936 se obvia que aquel ejército estaba compuesto por miles y miles de requetés navarros, con la incorporación de muchos alaveses, y la posterior colaboración, civil y militar, de tantos alzados en Tolosa, Ordizia u Ondarroa, por citar poblaciones de acendrada cultura euskaldun.

El mito de un pueblo vasco inspirador de la no violencia disuena a la vista de la historia. Disuena más a la vista del presente

Podemos ahorrarnos la triste memoria de lo ocurrido en tiempos más recientes. El mito de un pueblo vasco inspirador de la no violencia disuena a la vista de la historia. Disuena más a la vista del presente.

Hilando ambas reflexiones, la conclusión resulta desoladora: escasamente dispuestos al diálogo, el carácter áspero y difícil de los vascos ni siquiera se proyecta “extramuros” sino que se cuece y recuece diariamente en su solar de origen, encontrando en los vecinos más próximos intolerables enemigos.