El censor cierra la puerta a otros.
La ideología woke (que han importado de América intelectuales antiamericanos) ha revolucionado la metodología con que el autoritarismo reprime la disidencia. Antes era el poder político el que controlaba y, eventualmente, reprimía el pensamiento. Ahora es una minoría movilizada la que exige al poder político el control y, eventualmente, la represión del pensamiento de los demás.
Si antes la Inquisición operaba como un firme aliado del poder político (y sin olvidar que el Santo Oficio dependía de la Corona española y las torturas las practicaba el poder civil) la metodología de la represión católica, si hoy existiera, sería la siguiente: hordas de dominicos firmando manifiestos sin parar, realizando sentadas en parques y avenidas, y organizando manifestaciones tras una pancarta de PVC o poliéster, exigiendo que se expulse de jornadas de trabajo, seminarios y talleres, a toda clase de herejes, brujas y, por supuesto... ¡judíos!
Hoy la inquisición se practica de ese modo, aunque la doctrina que la anima sea muy distinta. Los últimos ejemplos de esta marea censora son conocidos.
La compañía Allianz se ve obligada a retirar su apoyo al Festival de las Ideas tras la protesta de Sorogoyen y otros personajes. La organización se justifica en que, firmes partidarios del “pensamiento crítico”, el “intercambio libre de ideas” y la “diversidad de perspectivas”, no iban a permitir que una “controversia externa” desviara la atención del público.
Hace poco escribí en este mismo espacio que en la cultura woke se presupone que el lenguaje puede modificar la realidad. Por eso, cuando un censor censura sin utilizar esas palabras, se presume que no hay censor ni hay censura
Poco después la escritora argentina Ariana Harwicz es expulsada del programa del Festival granadino Cultur:Ahl. con el aplauso de un grupo de escritoras que llaman directamente a censurar (evitando la palabra, claro) y a reprimir cualquier exposición de pensamiento ajeno a su elenco de ideas permitidas. Ha habido a continuación contramanifiestos en defensa de la libertad de expresión y decisiones personales, como la de John Banville, de no acudir al festival en cuestión.
Hace poco escribí en este mismo espacio que en la cultura woke se presupone que el lenguaje puede modificar la realidad. Por eso, cuando un censor censura sin utilizar esas palabras, se presume que no hay censor ni hay censura.
Así ha ocurrido en esta doble cutrez festivalera: en festivales de las “ideas” y de la “cultura” se proscriben ideas u opiniones que no encajen con su visión del problema palestino, cuya exposición, definición y resolución compete a poderes fácticos concretos, capaces de coaccionar a instituciones públicas y, lo que es más lamentable, a universidades.
La justificación del Festival de Ideas para apartar a un patrocinador es espectacular: ¿cómo se puede apostar por el pensamiento crítico, el intercambio libre de ideas y la diversidad de perspectivas, pero no tolerar “controversias externas”? ¿Qué es una “controversia” que no tiene lugar en un festival de “ideas”? Y, por cierto, qué clase de controversia es “externa”? ¿Externa a qué?
El censor, amparado en la comodidad que le otorgan su ideología y su capacidad de intimidación, cree sinceramente que debe impedir por todos los medios la difusión de ideas contaminantes, perjudiciales, tenebrosas. Toda opresión del pensamiento libre se juzga a sí misma benéfica
Nada resulta tan grave como la absoluta impudicia con que redes de estudiantes, cineastas o escritores se creen con derecho a dictaminar quién puede hablar y quién no, a partir de premisas que juzgan inderogables. Eso al margen de la obscenidad de que sea un conflicto muy concreto (el de los gazatíes, más restringido que el del conjunto del pueblo palestino) el único que despierta su sensibilidad, mientras dan la espalda a ucranianos, sudaneses, armenios, nigerianos, tibetanos, uigures u otros pueblos ignorados.
Una última cuestión. A pesar de lo sonrojante que sea contemplarla, no puede causar extrañeza que la censura opere sin tapujos ni vergüenza: es lo mismo que ha ocurrido en otras épocas. El censor tenía entonces (como tiene ahora) una excelente opinión de sí mismo. Nunca hay, para el censor, opresión maléfica y perversa.
El censor, amparado en la comodidad que le otorgan su ideología y su capacidad de intimidación, cree sinceramente que debe impedir por todos los medios la difusión de ideas contaminantes, perjudiciales, tenebrosas. Toda opresión del pensamiento libre se juzga a sí misma benéfica. Siempre. Hoy también.