Presley Gerber, el hijo de Cindy Crawford.
Es viernes por la tarde de un octubre que ha entrado haciéndose notar. Leo un cuento junto a mi hijo en su habitación, mientras el cielo fuera, al otro lado del cristal, aúlla como un lobo. Hacía tiempo que no se pronunciaba en Madrid con tanta rabia. Como se pronuncian estos días las calles de la ciudad por una vivienda digna.
Con el sonido de la lluvia de fondo, dedico los minutos a un lujo que escasea, el de observar cómo un niño de dos años juega a iluminar planetas, rosas, pájaros y mariposas con una linterna de cartón. Como si las páginas del libro cobraran vida a través de los destellos de una luz artificial.
Y en esa lectura que no exige saber leer, en ese juego sin normas, sin reglas, sin un orden establecido, un dibujo -de pronto- me saca de la historia. Es el dibujo de El Principito sentado en una luna creciente pescando estrellas con una caña.
Pienso en ese instante que hasta eso sería capaz de hacer una madre para salvar a un hijo. Capaz de pescar estrellas en un firmamento revuelto como un río. Aunque ni siquiera ese imposible fuera suficiente para rescatarle.
Pienso en ese instante que hasta eso sería capaz de hacer una madre para salvar a un hijo. Capaz de pescar estrellas en un firmamento revuelto como un río
Recuerdo entonces una imagen que me impactó hace ya unos cuantos años. Era la imagen del rostro angelical de un chico -que ya había sido inmortalizado por los mejores fotógrafos de moda del mundo- atravesado por la tinta. Una cara de anuncio marcada para siempre por un tatuaje. Se había inmortalizado en uno de sus mofletes, bajo el ojo derecho, una palabra en inglés, en negro y en horizontal: “incomprendido”. Aquel chico era Presley Gerber, el hijo de Cindy Crawford.
Me llamó muchísimo la atención y lo asocié directamente a un problema. A una adicción. Cómo son los prejuicios. El caso es que aquello no me cuadraba con la instantánea de familia guapa, perfecta y feliz que -cada cierto tiempo- ofrecían al mundo los Crawford-Gerber. Me aventuré a suponer incluso que a su famosísima madre aquel acto de rebeldía adolescente no le debió hacer ninguna gracia. Sin embargo, los monstruos pueden colarse hasta en los hogares en los que tendemos a creer erróneamente que jamás se atreverían a entrar.
Aquel tatuaje, el lugar elegido, la cita escogida de entre tantas posibles, era un reflejo de cómo se sentía el joven rondando apenas los veinte. Era un grito desesperado. Una llamada de auxilio. ¿A quién? ¿Para quién? ¿Alguien la escuchó?
Años después, él mismo decidió hablar abiertamente de sus coqueteos con el alcohol y las drogas, de los fantasmas que le acechaban, de lo mucho que le había cambiado comenzar a desfilar por las pasarelas más importantes con solo quince años, del impacto que aquello tuvo en su vida y de la sensación punzante de no estar nunca a la altura de unos apellidos tan pesados.
He pensado mucho estos días en esa madre y en tantas como ella. En que ninguna -por muy modelo que sea- está a salvo del abismo
Yo le perdí la pista a aquel joven hasta que hace varias semanas su trágica muerte a los veintisiete, me descolocó por completo e hizo que volviera a mí aquel tatuaje premonitorio.
Buceando por su historia descubrí que la tinta permanente había desaparecido de su rostro y que, en sus últimos meses, había creado una especie de comunidad en redes sociales en la que hablaba abiertamente de sus adicciones y de su lucha descarnada por combatirlas. Descubrí también que sus padres y su hermana habían empezado a aplaudir en público su valentía y que aquel problema que había marcado y salpicado a toda la familia ya no era motivo de vergüenza.
He pensado mucho estos días en esa madre y en tantas como ella. En que ninguna -por muy modelo que sea- está a salvo del abismo. Del dolor inconsolable. De las preguntas infinitas. De las culpas que sacuden como latigazos. De las penas. De las lágrimas por un hijo incomprendido. De las angustias. De los temores cumplidos. De la cantidad de veces en las que se puede repasar una historia buscando el instante en el que todo se quiebra sin poder hacer nada por evitarlo o por unir los pedazos. Porque, a veces, ni siquiera pescar estrellas desde la luna basta para salvar a un hijo de la penumbra.
Hay un poema de Chantal Maillard y Piedad Bonet en el libro Daniel. Voces en duelo que dice así: “Mis manos ya no pueden cobijarte / Solo decirte adiós como en los días / en los que, al girar, ansioso, tu cabeza / mi sonrisa se abría detrás de la ventana / para encender la tuya. Cuando todo / era sencillo transcurrir, no herida”.