La vecina de 87 años, Maricarmen Abascal (i), acompañada por representantes del movimiento vecinal ´Inquilinas de Madrid´ / EFE
Semana y pico comparando tarifas del gas. Una incluye descuento en el término fijo durante los seis primeros meses y ni idea de qué pasa después. Otra promete energía verde, pero no llego a descifrar la letra pequeña. También hay un teleoperador de voz amabilísima que me ha llamado cuatro veces. A la quinta me tocará preguntarle por la familia y, de paso, anunciar mi rendición: ya que todas van a atracar, mejor con delicadeza.
Cuento esto para cagarme en esos sinvergüenzas que llevan semanas sermoneando sobre la libertad de elección. Y porque yo, a diferencia de Maricarmen, sigo viva y en casa, con un nudo que no sé si es rabia o pena. Así que toca desatar.
No escogemos dónde nacemos, la talla del zapato, tener pies planos o voz de pito. En muchas otras cosas, al menos en teoría, decidimos. Letras o Ciencias. Dónde ir de vacaciones. Hipoteca fija. Bajar al pilón o mejor esta noche leer un libro.
Y nos encanta. Elegir nos hace sentir dueños de nuestra existencia. Además, afortunados nosotros, vivimos en una época con posibilidades infinitas. Qué sé yo: quince plataformas de televisión, veinte variedades de rooibos, aplicaciones donde puedes encontrar el amor entre miles de señores moviendo un dedo mientras haces caca...
Hasta que un día, oh, sorpresa, descubres que una cosa es tener opciones y otra muy diferente elegir. El abanico se estrecha cuanto más te juegas y más abajo estás en la escala social. Al final, a poco que seas una persona corriente y moliente, solo descartas y te quedas con lo que puedes, ya sea un piso sin ascensor o un trabajo aburridísimo para pagar facturas.
Y aun así siempre habrá imbéciles en primetime, y por contagio en la barra del bar, responsabilizando al desgraciado de turno de que las cosas no le vayan mejor
Y aun así siempre habrá imbéciles en primetime, y por contagio en la barra del bar, responsabilizando al desgraciado de turno de que las cosas no le vayan mejor. Supongo que es lo que tiene confundir buena suerte, o una descomunal falta de escrúpulos, con talento y responsabilidad.
Maricarmen también podía elegir, decían. Tenía la oportunidad de haberse ido antes de que la echaran de la casa en la que vivió durante 71 años. Susto o muerte. Culpa solo suya.
Qué rotos tienen que estar esos corazones para juzgar con tanta facilidad y someter a la víctima a una auditoría moral: rebuscar entre sus costumbres, su pensión, las arrugas de su cara, hasta encontrar algo que permita justificar la barbarie. Cuánta mala sombra para denunciar instrumentalización política cuando no saben hacer otra cosa que inseminar odio. Qué miserable reducir la compasión a un derecho de santos inocentes; justo lo que ellos jamás fueron, ni serán.
Con lo fácil que habría sido, digo yo, preguntarse si alguien más podía elegir. Los fondos buitre, mismamente. ¿No podían conformarse con ganar un poquito menos? ¿Dejar que una casi nonagenaria muriera en su cama, con sus sábanas y manías?
Pero no. De eso, ni palabra. Maricarmen, una jetas. Aquellos que tienen el dinero y la sartén por el mango, coherentes. Y ahí queda la conclusión: la libertad de elegir consiste en que los de abajo aprendan a perder y los de arriba no tengan que hacerlo jamás.
Ahora que Pedro Sánchez acaba de anunciar elecciones anticipadas, me pregunto: ¿elecciones, deberíamos seguir llamándolas así?
Mientras tanto, quienes chupan de la teta pública a lo suyo. Me refiero, sobre todo, a los señores que confunden hacer oposición con lanzar la bomba atómica. Pero también a esos gobernantes que según sus estatutos flirtean con el bien común y siguen tratando el asunto ojipláticos perdidos como si fueran Britney Spears cantando Ups, I did it again.
Pudieron elegir el intento de hacer algo muchísimo antes y antes de eso buscar aliados, porque los decretos, las normativas y demás principios fundamentales no caen del cielo que iba a asaltar Iglesias. Hubo margen para ofrecer un desenlace más digno a Maricarmen. Lo mismo para el colega que comparte piso con 43 castañas o tu hermana recién divorciada de vuelta en casa de papá y mamá con dos maletas, una planta y la autoestima regulín. Pero las riñas de patio desgastan demasiado. Entiéndelos.
Por eso, ahora que Pedro Sánchez acaba de anunciar elecciones anticipadas, me pregunto: ¿elecciones, deberíamos seguir llamándolas así? ¿Acaso no se han convertido en un formidable proceso de descarte? En especial, para las personas que tenemos el mal gusto de considerarnos de izquierdas y la incoherencia de vestir fenomenal.
No hay día que despierte sin que me recuerden la amenaza de la ultraderecha. Y sí, gracias por el aviso. Me enteré: viene el lobo feroz y su escuadrón al completo con ganas de desgarrar cualquier avance social que les recuerde lo egoístas, inseguros y pobres de mente que son.
Pero, una vez procesado el peligro, qué. ¿Sería mucho pedir alguna razón más que no pase por hacernos sentir tan responsables del avance de los fachas, nosotros que compramos la carne debajo de casa y nos llevamos decentemente con nuestros vecinos de Marruecos?
Esto es lo que le diría a quien se supone que he de votar en noviembre. Confiésate. Ponte de rodillas ante mí, siervo, y acepta lo que hiciste mal
Votar para evitar desgracias mayores es importante. Y lo vamos a seguir haciendo. Lo que no puede ser es que esa gente que dice representar el progresismo pase media vida recordando las taras del vecino, un cuarto justificando por qué volverá a prometer hasta meter y el restante cumpliendo lo justito como mi compañera de 4º de EGB, Madalena, que encima recibía regalo al terminar el curso.
Por supuesto, no pretendo ir al colegio electoral con la euforia de cuando pisé Eurodisney. No necesito que Mickey Mouse me dé la bienvenida mientras Campanilla esparce polvo de hadas sobre la mesa 7B. Tú, supongo, tampoco.
Elegir de adulto casi siempre significa renunciar a algo. Ningún crush viene con garantías. Ninguna casa tiene los metros, la luz o la terraza que querrías. No hay democracia perfecta. Pero entre esperar maripositas en el estómago como los fans del Perro y resignarnos hasta la eternidad al “vótame porque mira qué miedo da el otro” debería existir algo.
¿Confianza, transparencia, un proyecto? Por ejemplo.
Esto es lo que le diría a quien se supone que he de votar en noviembre. Confiésate. Ponte de rodillas ante mí, siervo, y acepta lo que hiciste mal. Arrepiéntete. Y luego, explica cómo lo vas a corregir. Qué plan tienes para que el hijo de mi mejor amiga pueda emanciparse o mi padre consiga cita con Cardiología antes de que le estalle la patata. Por qué debería confiar otra vez, si mi ex me decepcionó la mitad que tú y es justo eso: mi ex.
Hay que ir a las urnas, vale, pero el derecho a escoger pierde sentido cuando nuestras vidas consisten en administrar las renuncias que otros han decidido por nosotros. Además, antes de volver a regalar las llaves del poder, convendría recordar que de poco sirve decidir quién abre y cierra las puertas si acaban reventando las de los más indefensos.
Y no sé tú, pero yo siento que empieza a hacer mucho frío ahí fuera.