La delgada línea roja/Europa Press

La delgada línea roja/Europa Press

Opinión

La delgada línea roja

3 enero, 2024 05:00

Un puñado de payasos fascistas ejercen su libertad de expresión, que ellos negarían al resto si estuvieran al frente, golpeando y colgando una efigie del presidente del Gobierno frente a la sede de su partido.

El principal partido de la oposición elude, hasta el momento de escribir estas líneas, una condena explícita y sin peros del citado akelarre, terminando siempre su falso lamento con un “algo habrá hecho”. Frase que conocemos muy bien por estos lares. Todo sea por rascar algo.

El partido del presidente del Gobierno dice que está estudiando denunciar a los responsables de los actos descritos en el primer párrafo. Algo extraño cuando desde su administración y con sus socios se está intentando eliminar el delito de injurias, al rey o a la bandera, la tuya y las otras.

A veces cuesta defender la libertad de expresión en toda su amplitud. Máxime cuando sabemos que el totalitarismo abusa hasta la náusea de esta y otras bondades democráticas, solo para restringirlas y abolirlas cuando llegan al poder. Milei es un claro y recentísimo ejemplo de lo que escribo.

Los socialistas o los populares vascos saben de primera mano lo que es ser traicionados, vendidos o ninguneados. Es lo que hay. Se llama política y no es bonito. Pero es práctico. Y es democrático

Es complicado ser demócrata de esos que defienden hasta la muerte el derecho del otro a decir lo que piensa cuando lo que piensa es en colgarte de los pies, pero ahí está el mérito. Defender el derecho del oponente, aunque éste se empeñe en ser enemigo, y mantenerte firme en tus posiciones haciendo cuanto que sea necesario y posible, con todas las armas democráticas que tienes, inferiores al arsenal mediático, económico, judicial y de testosterona que esgrime la derecha en España.

Entiendo muy bien a Javier Cercas su rebote frente al tacticismo de Pedro Sánchez. Además, el escritor es catalán y charnego, y ha sufrido especialmente el supremacismo despótico del nazionalismo autóctono en sus años de gloria y procés. Le entiendo muy bien, además, porque aquí -en Euskadi-, sabemos como se las gastan los gobiernos centrales cuando necesitan pactar con el PNV, desde hace eones. Los socialistas o los populares vascos saben de primera mano lo que es ser traicionados, vendidos o ninguneados. Es lo que hay. Se llama política y no es bonito. Pero es práctico. Y es democrático.

Es difícil seguir el ritmo de la asimetría en el bloque que apoya al Gobierno, con las supuestas cesiones ora al PNV, ora a Bildu. Con las reuniones en Suiza y con mediador con Junts, con más cesiones a ERC, y reuniones con Aragonés. Hay que tener buen carácter y disposición de ánimo para aguantar el duelo de primadonnas que se tienen montado en las históricas comunidades de Euskadi y Catalunya.

Y al mismo tiempo, dentro del propio Gobierno, tienen que acordar una agenda progresista en materia fiscal, laboral, educativa, sanitaria o de igualdad. Eso mientras parte de la pata minoritaria del ejecutivo se escinde y abre otro frente negociador. Más primadonnas que -entre todas- no le hacen mella ni sombra a nuestra María Callas, también conocida como Perro Sanxe.

Al otro lado de la línea roja que separa la España democrática, europea y moderna del abismo hoy está Vox y, desgraciadamente, el Partido Popular

Y aún así, esto -la cosa, el país, España, nosotros-as-es-, tiramos para adelante, decentemente, con problemas cotidianos, preocupados por nuestros hijos, eso sí. Como siempre y en todos los tiempos, creo yo. Preocupados por el mundo y su inestabilidad. Por las guerras a nuestras puertas. Por los Milei que antes fueron Bolsonaro y antes Trump. Y puede que después también Trump. Mientras observamos, estudiamos, como se defiende la mayor democracia del mundo del ataque totalitario de extrema derecha. Para aprender.

Porque, en mi humilde opinión, la derecha que viene, es trumpista, es mentirosa, es peligrosamente violenta, es abierta y descaradamente racista, machista y clasista. Además de corrupta. Y aquí esa derecha es PP y Vox.

Quizás por eso, o en parte por eso, puedo entender los esfuerzos y requiebros del PSOE y su secretario general, Pedro Sánchez, para impedir y cerrar, democráticamente, el acceso de Feijóo al poder. Porque sí hay líneas rojas. Líneas rojas que no son la amnistía. Bildu, el mediador o Puigdemont. Al otro lado de la línea roja que separa la España democrática, europea y moderna del abismo hoy está Vox y, desgraciadamente, el Partido Popular.