Vito Quiles durante una rueda de prensa de la líder de Podemos, Ione Belarra, en una imagen de archivo a 14 de enero de 2026 Efe
El “plasma de Rajoy”. ¿Recuerdan? Hacía referencia a aquel político que ejecutaba extraños movimientos con las manos y extraviaba en lontananza una mirada azul, un político que acumulaba en su discurso toda clase de sintagmas, dando lugar a frases presuntamente lógicas, que resultaban a la postre completamente incomprensibles. Su verbo alambicado, tortuoso, dejó monumentos a la tautología, la entelequia y el pleonasmo.
Las frases de Rajoy eran auténticas joyas de la retórica, una facundia en la que resultaba imposible desentrañar qué había querido decir. Y todo el mundo sospechaba que sembrar la confusión no era el producto de la negligencia o el error: era el verdadero objetivo.
A la borrosa oratoria de muchos políticos se le une, al menos en nuestro país, la progresiva limitación de sus apariciones públicas. Los políticos se exponen cada vez menos. Si lo hacen, buscan contextos favorables (los mítines electorales, las reuniones de partido) o inofensivos (las comparecencias sin preguntas). Ahí enlazamos con el célebre “plasma de Rajoy”, prócer que asomaba en la pantalla sin que nadie pudiera dirigirle la palabra. La izquierda bromeó mucho sobre aquello. Por razones evidentes, hace algunos años que no.
Declaman, entonan, recitan, enfatizan; luego doblan los papeles, los llevan al bolsillo y a otra cosa mariposa
Hemos asumido con injustificable naturalidad que ahora los políticos convoquen a los medios, pero declinen contestar a ninguna pregunta o realizar, de sus palabras, cualquier ampliación o aclaración. Declaman, entonan, recitan, enfatizan; luego doblan los papeles, los llevan al bolsillo y a otra cosa mariposa.
Y, por su parte, los periodistas convocados vuelven a la redacción con sus vídeos animados, con sus grabaciones sonoras, y hala, a difundir.
La comparecencia sin preguntas la normalizó entre nosotros la izquierda abertzale, en los aciagos años vascos de plomo. El objetivo era soltar su perorata, pero impedir que nadie hiciera incómodas preguntas. Rajoy se sumó al carro. Y tantos otros.
Nuestro querido presidente de gobierno aprendió la técnica y la utiliza ahora con profusión: atril, micrófonos, cámaras y acción.
Incluso el formato “rueda de prensa” padece cada vez más limitaciones: espacio tasado para las preguntas, cesión de la palabra a medios favorables y disculpa del político porque más altas empresas le esperan en algún otro lugar.
Obra, a modo de contrapunto, que en los últimos años ha hecho su aparición, al otro lado de la trinchera, un personaje censurable: el periodista borde. Todos sabemos de qué hablamos, sobre todo de quiénes hablamos. Se ha puesto de moda un modelo de periodista que disfraza de preguntas lo que son auténticas provocaciones.
Resultan no menos criticables los periodistas que acosan, persiguen, rodean, sitian a un político y le lanzan insultos o calumnias
Y si son criticables los políticos que rehúyen las preguntas de periodistas, resultan no menos criticables los periodistas que acosan, persiguen, rodean, sitian a un político (o a cualquier personaje público) y le lanzan insultos o calumnias bajo el aspecto de preguntas.
Ha habido numerosos casos, alguno muy sonado, como el de Vito Quiles acosando a Sara Santaolalla. El victimismo ventajista de esta última no redime, en ningún caso, la actitud del primero, que se dedica a acogotar verbalmente a sus víctimas. Quizás esa conducta impresentable no sea en sí misma delito, pero resulta una perfecta grosería: comportarse de ese modo puede tener muchos nombres, pero entre ellos no se encuentra el de “periodismo”.
La progresiva restricción del ejercicio de la profesión periodística no puede tener como justificación la actividad de estos impresentables, porque las comparecencias sin preguntas, las presuntas ruedas de prensa ante convidados de piedra empezaron mucho antes.
No estaría mal algún tipo de acuerdo colegial e institucional para que algunos periodistas no acosen a personajes públicos por la calle, y que esos mismos personajes no citen a los medios para lucirse, impidiéndoles después hacer la más mínima pregunta.
En efecto, en el medio no siempre está la virtud. Pero en este caso sí.