Las empresas se esfuerzan en pedir perdón por ganar dinero.
Si algo marca la diferencia entre la empresa tradicional y la moderna es la introducción de compromisos ajenos a los procesos productivos, compromisos éticos o sociales que buscan mejorar su imagen y paliar la penosa reputación que, por el mero hecho de serlo, ostenta la empresa en las ricas sociedades del primer mundo.
Es lo que se ha dado en llamar responsabilidad social corporativa: impulsar actividades y programas vinculados con la sostenibilidad ambiental, la cooperación, el deporte, la cultura…
Una empresa debe cuidar su reputación para suscitar cierta empatía y disimular el incómodo objetivo que persigue: ganar dinero.
Pocas cosas nos ocupan tanto, a nivel individual o colectivo, como ganar dinero, pero pocas tienen peor reputación. La tradición católica hacía del interés financiero una práctica maligna, y si en los países protestantes, al hilo de la teología de la predestinación, mejoró la consideración de la actividad empresarial (el éxito en los negocios sería una anticipación de futuros favores divinos) todo ha cambiado en las últimas décadas: ganar dinero también es allí un hecho incómodo, es algo feo.
Salvo en el caso de los deportistas (que hacen cosas valiosas como introducir artefactos esféricos en redes extendidas entre palos, canastas colgadas a cierta altura o agujeros excavados en la tierra), ganar dinero haciendo cosas irrelevantes (fabricar secadores de pelo, vacunas, cuberterías, cerveza… incluso viviendas) resulta vergonzoso y vergonzante.
No hay más que pronunciar esa palabra horrible: “lucro”. ¿Alguien puede escucharla sin sentir un escalofrío moral? Tener animus lucrandi es poco menos que tener animus necandi, léase, ánimo de liquidar a un semejante.
La empresa privada se halla en la cúspide de la pirámide de odio. Y sospecho que la responsabilidad social corporativa es una de las primeras aplicaciones de ese verbo que estos años ha adquirido extraordinario vigor: blanquear. Porque la empresa necesita blanquearse
Por supuesto, reservamos estas tinieblas morales para el discurso público y la exposición de nuestras imaginaciones: por la puerta trasera, el ánimo de lucro opera sin descanso. Pero eso seguro que no sorprende a mi lector: basta que piense en su propia conducta para imaginar la conducta de los demás a ese respecto.
La empresa privada se halla en la cúspide de la pirámide de odio. Y sospecho que la responsabilidad social corporativa es una de las primeras aplicaciones de ese verbo que estos años ha adquirido extraordinario vigor: blanquear. Porque la empresa necesita blanquearse.
La empresa debe pedir perdón por poner en el mercado grapadoras, hipotecas, tartas de manzana, seguros de vida, zapatillas deportivas o calamares congelados. Para eso asomó la responsabilidad social corporativa: para hacerse perdonar.
Lo que parecen loables iniciativas (promoción de ayudas a países en desarrollo, patrocinio de conciertos de música barroca o apoyo a un equipo infantil de balonmano) mantiene, en segunda instancia, una intención promocional. Es una vertiente más del marketing empresarial. Queremos hacernos los simpáticos, aunque fatalmente asoma siempre, al fondo, el interés particular.
No hay mayor responsabilidad social para una empresa que ofertar bienes o servicios en las mejores condiciones de precio y calidad. Una empresa, si cumple con sus clientes, no tiene que pedir perdón
Muy partidario de la ayuda al desarrollo, la música barroca y el balonmano infantil, opino, sin embargo, que una empresa que desarrolla su negocio con eficacia y honradez ya ha cumplido de sobra.
No hay mayor responsabilidad social para una empresa que ofertar bienes o servicios en las mejores condiciones de precio y calidad. Una empresa, si cumple con sus clientes, no tiene que pedir perdón. El imperativo moral que la vincula con sus accionistas es hacer su labor mejor y a mejor precio.
Consumo pocas cosas. No gasto mucho en viajes, ropa o automóviles. Cubro las necesidades diarias y, si acaso, gasto por encima de la media en un par de cosas: en libros y… en fin, en productos vinícolas. Y no exijo que una gran bodega fomente la lectura ni que un grupo editorial organice exposiciones de arte abstracto. Si hacen lo que deben ya han cumplido y viajen sus accionistas a la Costa Azul.
Hago una sola excepción. Quizás los fabricantes de coches de alta cilindrada sí deban entregarse con empeño a la redentora responsabilidad social: a sus clientes, que no abren un libro desde que abandonaron la primaria, quizás sí les guste imaginar que, gracias a su nuevo deportivo, ayudan a que lean algo los demás.
Parece que hay que hacerse perdonar por ganar dinero.