Imagen de una enferma con silla de ruedas en un hospital.
“Me quedaré contigo esta noche/ Te abrazaré fuerte hasta la luz de la mañana/ Por la mañana veremos llegar un nuevo día/ Haremos lo que sea para seguir vivos/ Haremos lo que sea para seguir vivos”.
Es una de las estrofas de una canción que me acompaña y me ronda desde hace días. Un tema, 'Stay Alive', del músico y compositor sueco José González, que llegó a mí por casualidad como una premonición en estos tiempos en los que, hasta morir cuando es deseo, resulta complicado.
Haremos lo que sea para seguir vivos, para que sigas vivo. ¿Es eso lo que deben hacer un padre y una madre por un hijo? ¿Cualquier cosa por mantenerle con vida? ¿Cómo debe comportarse un progenitor si la persona a la que trajo a este mundo grita y aúlla que se quiere ir? ¿Debe dejarle marchar o debe luchar por que se quede?
Me he hecho estas preguntas, una y otra vez, en estas últimas semanas. Y lo cierto es que siguen ahí, flotando en el aire, que se asoman por la ventana de mi casa, como el cielo, cada vez que observo a mi hijo correteando por la moqueta y me repito como un mantra que ojalá nunca tenga que verme en esa tesitura, que ojalá siempre sea feliz. ¿Dónde y con quién hay que pactar?
Me hubiera gustado preguntarle. Tantas cosas. A ella. Cómo soportó la vida tras intentar morir varias veces, tras arrojarse al vacío desde la ventana de un quinto piso y quedar postrada en una silla de ruedas, con dolores físicos y mentales
Supongo que, de alguna forma, todos nos replanteamos la existencia -propia y ajena- y, sobre todo su final, en esas horas previas y posteriores a las seis de la tarde del jueves 26 de marzo. El momento exacto en el que Noelia Castillo pudo, al fin, descansar de todo y de todos, de una historia llena de “días horribles y dolorosos”, como ella misma confesó en su última entrevista concedida al programa 'Y ahora Sonsoles'.
Me hubiera gustado asomarme a sus pensamientos. A esa oscuridad en la que “el tiempo transcurre de otra manera”, como escribe Gueorgui Gospodínov en 'El jardinero y la muerte'. Me hubiera gustado preguntarle. Tantas cosas. A ella. Cómo soportó la vida tras intentar morir varias veces, tras arrojarse al vacío desde la ventana de un quinto piso y quedar postrada en una silla de ruedas, con dolores físicos y mentales.
Cómo afrontó esa travesía por el infierno, por una adolescencia marcada por una familia rota, por los abusos, por los centros de acogida en los que residió, por los psiquiátricos que visitó, por las agresiones sexuales que padeció, por la violación en grupo que la quebró. Cómo fue esa lucha en solitario contra el mismísimo demonio hasta que decidió rendirse y retirarse de la batalla y, ni siquiera eso se lo pusieron fácil.
Me hubiera gustado hablar con ella, ayudarla y escucharla pese a llegar demasiado tarde. Me hubiera gustado también conversar con su madre y hasta con ese padre que se opuso a su decisión, que intentó paralizarla y que dilató casi dos años una eutanasia avalada hasta por cinco instancias judiciales.
Debe ser terrible para un progenitor el peso descarnado de la culpa, la certeza de que, tal vez, no haya sabido o podido hacer feliz a la persona a la que trajo con ese propósito.
Sin embargo, tan importante es saber irse como saber soltar cuando ya no queda otra opción, aunque resulte dificilísimo. Porque en este drama, por encima de todo, está quien lo atraviesa, está su decisión y el cúmulo de fatalidades que retorcieron su destino y le llevaron a tomarla.
Es lo que quiso la joven. Morir sola, sin miradas inquisidoras, sin nadie más para juzgarla o cuestionarla. Así recibió los tres fármacos que apagaron la luz de una llama que jamás llegó a encenderse por completo
Sufren los que se quedan, pero deberíamos reflexionar también en lo que debió sufrir quien tiró la toalla incluso antes de comenzar a vivir. “No tengo ganas de nada; ni de comer, ni de salir, duermo mal, me duelen la espalda y las piernas (…) y quiero dejar de sufrir, irme en paz”.
Y se fue. Y sólo en ese último aliento logró que una familia agrietada recompusiera sus fisuras y se uniera para acompañarla en los minutos previos a su marcha. Imagino que no hubo demasiadas palabras, que el dolor sobrevolaba por la habitación como el aire grueso que respiramos y que no se ve.
Y llegada la hora, cerraron la puerta y la dejaron sola. En esta ocasión y no en otras, por expreso deseo de ella. Es lo que quiso la joven. Morir sola, sin miradas inquisidoras, sin nadie más para juzgarla o cuestionarla. Así recibió los tres fármacos que apagaron la luz de una llama que jamás llegó a encenderse por completo.
Todos hemos fallado en esta historia. Los suyos. El sistema. La sociedad. Le prestamos atención cuando el reloj corría ya en contra. Noelia no quería ser ejemplo de nada, aunque confío en que su muerte sirva, al menos, para comprender y aceptar que cada cual -con todos los matices y las reservas, con toda la complejidad- pueda decidir acogerse a la muerte cuando ya la vida ha dejado de ser vida, cuando no hay presente en el que sostenerse y mucho menos futuro al que agarrarse.
“Te esperaré esta noche/ Estás aquí para siempre y estás a mi lado/ He estado esperando toda mi vida/ Para sentir tu corazón mientras se detiene el tiempo/ Haremos lo que sea para seguir vivos”.
Haremos lo que sea… pero, no para seguir vivos a toda costa, sino para sentirnos vivos a cada instante.