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Los futbolistas españoles, Lamine Yamal (izquierda) y Nico Williams (derecha).

Los futbolistas españoles, Lamine Yamal (izquierda) y Nico Williams (derecha). Mateo Villalba

Opinión

Fútbol, racismo y nacionalismo español

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El pasado martes asistimos a uno de los espectáculos más lamentables que se recuerdan en el deporte español. En un partido de fútbol entre España y Egipto, que sirve de preparación para el Mundial de EEUU-México-Canadá, una multitud —tal vez no mayoritaria, pero sí ruidosa y más numerosa de lo habitual— coreó cánticos poco respetuosos con el rival y con algunos jugadores de la propia selección española.

Las reacciones tibias por parte de los estamentos institucionales deportivos y unos leves pitidos en contra del polémico cántico dan idea de la dimensión del problema, que antaño oculto, hoy se está descubriendo y potenciando por parte de algunos sectores políticos del Estado.

El lamentable suceso no es casual o anecdótico, por mucho que ahora se trate de minimizarlo. Es producto de un nacionalismo español que tiende inexorablemente hacia el racismo por la propia concepción de la identidad nacional española que plantea.

Es cierto que la identidad española no es exclusivamente nacionalista. Existen concepciones civiles y liberales ancladas al patriotismo constitucional, pero, acabado el referente nacionalista de oposición que fue ETA, hoy la concepción de la identidad española se construye de forma hegemónica bajo parámetros etnicistas y coloniales fijados en dos momentos históricos mal interpretados.

Para reflexionar hacia dónde va la identidad española, hay que preguntarse qué idea se tiene del “ser español” y cómo sectores políticos de la ultraderecha, la derecha (antes liberal) y algunos socialdemócratas construyen un imaginario colectivo no solo alejado de la realidad histórica, poco crítico y en consonancia con los nacionalismos supremacistas de nuevo cuño de EEUU y Europa.

Estos nacionalismos preconizan una cultura occidental blanca y cristiana (mayoritariamente católica) y olvidan las construcciones de los valores democráticos y sociales que definen Europa de una manera inclusiva y más precisa.

Reconocer la herencia árabe o islámica en la cultura española aleja la identidad nacional española de la Europa blanca y cristiana y no permite armar el discurso populista de la invasión extranjera que no existe

El nacionalismo español, al que se puede llamar supremacista, se construye —como ya he dicho— mediante dos momentos históricos fundamentales: la mal llamada Reconquista (sin Estado gobernante en la península ibérica no pudo haber Reconquista) y la colonización de América.

La Reconquista fue un evento que se plantea en la construcción del relato nacional español como una “limpieza”, como una “purificación” de culturas y valores considerados extranjeros (musulmanes o judíos). Casi un millar de años y una influencia cultural determinante en la lengua, la arquitectura, el arte o la ciencia de un islam que no tenía nada que ver con algunas expresiones radicales de hoy en día, producto de la colonización del norte de África y Oriente Medio en los siglos XVIII y XIX.

No es casual el odio a lo musulmán que muestra el nacionalismo español. Reconocer la herencia árabe o islámica en la cultura española aleja la identidad nacional española de la Europa blanca y cristiana y no permite armar el discurso populista de la invasión extranjera que no existe.

La negación de la herencia árabe-islámica se condensa en una paradoja identitaria: la España que teme la invasión extranjera es hija de un mestizaje que lleva siglos negándose a sí misma y que tiene miedo a aceptar que la cultura española nunca fue homogénea ni exclusivamente europea.

El segundo evento histórico bajo el cual se construye la idea de la identidad nacional española es la colonización de América. Decía Isabel Díaz Ayuso, ante el gesto autocrítico del rey Felipe VI (forzado, pero fundamental para estrechar relaciones con la democracia donde más hispanohablantes habitan), que España —que por aquel entonces tampoco existía como entidad política— llevó a tierras americanas la civilización y la evangelización.

El relato es maniqueo o ignorante. Los “españoles” no buscaban llevar la religión cristiana a otras tierras; buscaban rutas alternativas a Oriente que les diesen una ventaja geopolítica determinante en su competición con otras potencias europeas más cercanas a lo que hoy son India y China.

La religión católica fue solo una herramienta de sometimiento cultural que ya se había experimentado en la propia península ibérica. La civilización (si atendemos a la concepción histórica del término) ya existía desde hacía siglos en América y, de hecho, en términos científicos, urbanísticos y de gobierno era mucho más completa y compleja que la civilización hispana.

En cualquier caso, el relato nacionalista español dibuja la colonización de América como una empresa supremacista europea con cultura y razas superiores a las culturas nativo-americanas y niega los daños producidos durante la época colonial.

Ambos mitos, la Reconquista y la colonización, siguen presentes en la memoria colectiva. Se rechaza la árabe como expresión racial del islam, se dificulta su llegada al Estado y se limita el acceso de las personas venidas de América al mercado laboral, relegándolas a trabajos de cuidados o al sector servicios (versión moderna del servilismo). 

La construcción del relato nacionalista supremacista no permite revisiones críticas; es más, las etiqueta de antiespañolas y extranjeras, parte de una conspiración por cambiar la estructura poblacional y cultural española (teoría del gran reemplazo).

Es cierto que estas tendencias no son exclusivas de España. Europa tiene sus relatos supremacistas también, pero en Francia, Reino Unido o Alemania sí se han permitido y amparado las revisiones críticas de su historia. España camina en dirección contraria y más en consonancia con la Italia de Meloni o la Hungría de Orbán.

Es obligatorio hacer un relato de oposición al nacionalismo supremacista español con un proyecto de democracia radical, multiculturalidad y antirracismo

Las revisiones críticas deben acercar a la identidad española a otros eventos o mitos, como las revoluciones liberales europeas, los cambios económicos y sociales derivados de las luchas obreras o la revolución feminista, para construir un ideario democrático alejado de las concepciones raciales y culturalmente homogeneizadoras.

Este es el deber del nacionalismo anticolonial español y, si la españolidad no lo hace, lo tendrán que hacer otros nacionalismos del Estado español como contraposición al supremacismo y por vincular identidad nacional con democracia y valores multiculturales y multirraciales.

Es obligatorio hacer un relato de oposición al nacionalismo supremacista español con un proyecto de democracia radical, multiculturalidad y antirracismo. Mientras lo español mire a la Reconquista y la colonización sin visiones críticas, seguirá siendo racista y supremacista.