Foto de archivo de una votación en el Parlamento Europeo en Estrasburgo Efe
Europa apenas alberga un 8% de la población del planeta. Pero vivimos bajo la ilusión colectiva de que todavía lidera lo que ocurre, lo que se inventa, lo que se piensa, lo que se mueve.
Seguramente refuerza esa ilusión que la superpotencia principal, Estados Unidos, es heredera de Europa en cultura, política, costumbres y, en buena parte, población. Pero si nos sacudimos esa adherencia, la mera realidad nos pone en nuestro sitio: lo que “no es Europa” abarca un 92% de la humanidad. Los europeos somos una esquina (y una esquirla) geográfica y humana.
Paradójicamente, ese contingente reducido de población aún mantiene un 25% del PIB del planeta. La observación no quiere conducirnos al habitual quejido demagógico: no se trata de que la riqueza universal esté bien o mal repartida, sino que el crecimiento de las estructuras capitalistas en Asia, América, incluso en porciones cada vez más amplias de África, supone el alumbramiento de nueva riqueza en esos lugares. Porque la riqueza del mundo no es una cuantía estática e inmóvil, sino una cuantía que puede crecer o decrecer. La riqueza del mundo no es una tarta sino un suflé: no se trata de repartir un contingente tasado de recursos, se trata de que crezcan en todos los lugares, mediante el abandono de estructuras económicas precapitalistas o anticapitalistas.
Por eso, el mundo, en términos económicos, va a mejor. Pero no deja de ser significativo que, todavía, un escuálido 8% de la población disfrute del 25% de la riqueza. Ese dato se ajustará en las próximas décadas, aunque durante un tiempo Europa seguirá manteniendo, en porcentaje, una riqueza superior a su población.
Europa acapara el 50% del gasto social de todo el mundo
Un tercer dato contradice uno de los lamentos habituales del globalista de guardia: el carácter individualista e insolidario de la civilización europea. A pesar de la menguante población y el menguante PIB porcentual, Europa acapara el 50% del gasto social de todo el mundo. No hay ningún lugar en el que se hayan desarrollado más medidas de protección social; no hay ningún lugar en el que se haya hecho más esfuerzo para la extensión de la sanidad y la educación a toda la ciudadanía.
Sin embargo, el enorme peso económico de Europa contrasta con su papel cada vez más insignificante en el tablero internacional. Europa es una potencia económica que cuenta con una influencia política cada vez menos perceptible y una capacidad militar casi testimonial.
No ha habido en la historia una entidad tan grande que cuente tan poco en la política internacional ni con medidas económicas, ni con medidas diplomáticas, ni con medidas militares. Y esa posición subordinada no es sólo fruto de la competencia de potencias como Estados Unidos, Rusia o China: es consecuencia de una consciente renuncia de Europa a operar como un agente influyente y activo en el contexto internacional. En ese sentido, Europa es una anomalía histórica: un gigante económico pero, además, un gigante pasivo e indefenso.
Ninguna civilización hizo de la decadencia una opción voluntaria
Todas las civilizaciones tarde o temprano decaen, pero ninguna en la historia lo había hecho hasta ahora, sin oponer resistencia. Ninguna civilización hizo de la decadencia una opción voluntaria, y ninguna, todavía peor, exigió a su ciudadanía que asistiera a esa demolición con alegre indiferencia, como si la autoaniquilación formara parte de una especie de solidaria empatía con el resto de la humanidad, una humanidad, por cierto, atestada de regímenes atroces e inmorales.
La historia al menos nos ofrece, a los europeos de hoy, un amargo consuelo: las civilizaciones no mueren de un día para otro, lo hacen tras varios siglos de agonía. De modo que podemos seguir disfrutando, tan campantes, de nuestro confortable bienestar. Los que asistirán a las trágicas etapas finales de esta lenta demolición aún están por nacer.
Y si Boecio, el último gran romano, buscó consuelo en la filosofía, nosotros contamos con un vasto abanico de alternativas de ocio para alejar de la cabeza estos perniciosos pensamientos.