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Festival elrow - imagen de archivo

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Opinión

La economía también se baila

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En Euskadi hablamos a menudo de industria, competitividad y desarrollo económico. Y es lógico: durante décadas, buena parte de nuestra fortaleza ha estado ligada a sectores como la automoción, la máquina herramienta, la energía, la logística o la construcción. Pero en ese mapa hay un motor que durante demasiado tiempo ha ocupado un lugar secundario en la conversación pública: la industria creativa.

Hace unas semanas, mientras pensaba en el peso real que tienen determinados proyectos culturales en un territorio, volvía una pregunta que se repite a menudo: cuánto cuesta todo esto. La pregunta está bien planteada. El problema es que, muchas veces, sigue siendo la pregunta equivocada.

Durante demasiado tiempo hemos tratado la cultura y las industrias creativas como una consecuencia del crecimiento económico, algo ligado al ocio, al entretenimiento o, en el mejor de los casos, al turismo. Como si fueran un lujo que llega después, una vez resueltos los asuntos verdaderamente importantes. La realidad, sin embargo, es justo la contraria: la creatividad no es el resultado del desarrollo, sino uno de los factores que lo impulsa.

Los proyectos creativos no solo mueven dinero; también construyen relato

Hoy una ciudad o una región no compite únicamente por atraer inversión. También compite por atraer talento, retenerlo, proyectar una identidad propia y construir un entorno en el que las personas quieran vivir, trabajar y crear. Y en esa competición, la cultura, el diseño, la música, la gastronomía, los eventos o las experiencias tienen un peso mucho mayor del que a veces estamos dispuestos a reconocer.

Basta con observar cualquier proyecto cultural de cierta dimensión para entenderlo. Un festival no es solo música. Detrás existe una cadena de valor que moviliza producción audiovisual, montaje, escenografía, ingeniería, hostelería, transporte, diseño, comunicación, programación digital, restauración, seguridad y empleo especializado. Hay actividad económica, tejido profesional y capacidad de generar impacto de forma transversal.

Pero hay algo más. Los proyectos creativos no solo mueven dinero; también construyen relato. Ayudan a definir cómo se percibe un territorio, qué tipo de conversación genera y qué lugar ocupa en el imaginario de quienes viven dentro y fuera de él. Y eso, en un contexto global, también es competitividad.

Los espacios culturales y experienciales producen algo difícil de medir pero decisivo: sentimiento de pertenencia.

Hay quien argumentará que, en tiempos de presupuestos ajustados, la apuesta por la cultura es un gasto prescindible. Es precisamente esa mirada la que durante años ha contribuido a debilitar ecosistemas creativos, empujar talento hacia fuera y dejar a muchos territorios sin una identidad cultural fuerte y reconocible. Porque el talento se mueve. Las personas eligen dónde vivir en función de mucho más que un salario o una oportunidad profesional: buscan lugares que les inspiren, que les conecten con otras personas y que les permitan formar parte de algo relevante.

Por eso resulta especialmente importante que territorios como Bizkaia empiecen a mirar la cultura no como un complemento, sino como una inversión estratégica. El reto ya no debería ser únicamente atraer visitantes durante unos días o llenar una agenda puntual de ocio. El verdadero objetivo es construir ecosistemas creativos sostenibles, capaces de generar empleo de calidad, impulsar proyectos exportables y consolidar una infraestructura económica más diversa, más abierta y más conectada con el presente.

Además, hay una dimensión que rara vez aparece en los balances y que, sin embargo, tiene un valor enorme: la capacidad de generar conexión entre las personas. En una época marcada por la automatización, la hiperconectividad y, al mismo tiempo, por una creciente fragmentación social, los espacios culturales y experienciales producen algo difícil de medir pero decisivo: sentimiento de pertenencia.

La creatividad no es una nota al pie del desarrollo: es una de las formas más eficaces de construirlo

Y eso también tiene consecuencias económicas. Un territorio que apuesta por la creatividad no solo programa actividades ni construye una agenda de ocio; se vuelve más habitable, más atractivo y más competitivo. Gana capacidad para retener talento, atraer nuevas miradas y generar un entorno en el que las ideas, los proyectos y las oportunidades circulen con más fuerza.

Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuánto cuesta la cultura y empezar a preguntarnos cuánto valor genera. No solo en términos financieros, sino también en cohesión social, proyección internacional, reputación y capacidad de imaginar futuro. Porque la creatividad no es una nota al pie del desarrollo: es una de las formas más eficaces de construirlo.

El desarrollo económico no siempre avanza en línea recta. A veces nace también de una idea compartida, de una experiencia colectiva o de una emoción capaz de conectar a miles de personas. Y cuando eso ocurre, la economía también se baila.