Niños con disfraces
Los últimos días de junio llegan siempre estruendosos como un espectáculo de pirotecnia que sacude las noches estivales, pero no con fuegos artificiales, sino con preguntas.
Con demasiadas preguntas explotando dentro como petardos.
¿Quién paga los campamentos? ¿Quién paga a los abuelos? ¿Quién paga a los cuidadores? ¿Quién paga cuando no hay nadie ni lugar al que pagar? ¿Quién paga un verano sin colegio?
Y no me refiero, evidentemente, solo a lo económico.
Quién paga el desconsuelo de unos padres que no pueden dedicar a sus hijos las horas que merecen en los meses en los que deberían predominar las carreras de pies descalzos por la hierba, el olor a aftersún, los saltos en la playa, el sonido hueco de las campanas de una iglesia de pueblo, el canto de las cigarras, el sabor a helado de limón con cucurucho y a galleta de chocolate recién salida de la nevera.
Quién paga esos dos meses sin arena enquistada en las uñas de los pies, sin la mirada puesta en un sol escondiéndose en el horizonte limpio y sin el eco de las carcajadas que suenan auténticas cuando las preocupaciones se rompen con las olas del mar.
Quién paga la sensación de ausencia de un hijo, el álbum de fotos sin sus padres y en compañía de unos niños que no son los del resto del año; las horas largas con unos abuelos que se esmeran, que se dejan la piel curtida por las batallas luchadas, tratando de suavizar la falta y que acaban exhaustos por fuera, pero, sobre todo, por dentro.
Quién paga que los baños sean de asfalto y cloro y no de salitre y espuma blanca.
¿Dónde quedan los niños?
No descubro el mundo, tampoco la fórmula secreta de esa bebida marrón burbujeante, si digo que no hay conciliación, ni familia, ni bolsillo, ni cuerpo, ni mente que soporten más de dos meses sin clases, sin guardería.
¿Dónde quedan los niños? ¿Dónde, los padres o las personas o persona al cargo?
Lo que sí me corresponde como madre es encajar las piezas del rompecabezas que supone que un hijo, dos o los que sean, puedan disfrutar de sus vacaciones con plenitud
Mucho se ha escrito sobre este asunto y, sin embargo, nada se ha hecho.
Tampoco sé bien qué se puede hacer, ni me corresponde a mi saberlo o solucionarlo.
Lo que sí que me corresponde -como madre que soy- es encajar las piezas del rompecabezas que supone que un hijo, dos o los que sean, puedan disfrutar de sus vacaciones con plenitud y sin el sentimiento de abandono.
Y que también una misma tenga la capacidad de lidiar con los días veraniegos sin el peso lacerante de la culpa, del deber, de la obligación, del trabajo o la prisa.
¿Cómo conseguir ese imposible? He ahí el dilema. El tormento. La complejidad de este parchís en el que a mí ya no me quedan fichas con las que jugar porque durante la propia partida revolotean los remordimientos como un puñado de pájaros.
Julio y agosto transcurren entre llamadas y fotografías cuyo único fin es el de tranquilizar a esta madre consumida por la responsabilidad
También la tristeza que escuece como una llaga abierta cuando te marchas de casa a primera hora para regresar a última, confiando en que ese tiempo eterno transcurra como un suspiro para un niño de apenas dos años que no guarda aún recuerdos, pero que seguro guardará emociones y que, incluso a su corta edad, es capaz de cobrarme con indiferencia un solo día separados.
Lejos de lo que venden las redes sociales, las revistas, los carteles publicitarios con familias aparentemente perfectas, numerosas, rubias, de tez impoluta, vestimenta impecable y sonrisas blancas de anuncio comiendo en un chiringuito en una playa paradisíaca…
Lejos de esa mentira atroz, la realidad es que julio y agosto transcurren entre llamadas y fotografías cuyo único fin es el de tranquilizar a esta madre consumida por la responsabilidad y garantizarle que todo marcha bien mientras ella se dedica a resolver.
Resolver.
Esa palabra a la que se reduce, al final, esta existencia.
Esto lo entendí hace unos cuantos años en uno de mis viajes a La Habana. Un ejemplo de que cuando no queda nada, cuando todo se descascarilla -desde la fachada de una casa hasta el corazón-, cuando no hay de qué preocuparse porque todo es preocupante, los días consisten en “resolvel”.
Con esa “erre” comida convertida en “ele” y propia de un acento, de una gente que, a pesar de las carencias, es capaz de reescribir los finales.