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Opinión

A las puertas de agosto

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Agosto es un alto en el camino. Incluso fuera de la disciplina laboral, agosto siempre representa algo distinto. Hay en esas fechas espacio para el descanso, pero también espacio para la recapitulación.

Realmente reorganizamos nuestra vida al ritmo que marca el curso. Desde que nos recluyeron en la primera aula de primaria, la realidad se acostumbró a disciplinarnos a golpe de curso escolar y es precisamente ese ritmo escolar el que, de alguna forma, sigue marcando nuestra vida, golpe a golpe, hasta el final.

En la disputa para saber cuándo empieza realmente el ciclo anual, septiembre le gana la partida al mes de enero. Vivimos más condicionados por el curso escolar que por el año solar. Las promesas que nos hacemos (o nos infligimos) el 31 de diciembre son un ejercicio manierista, un divertimento festivo. Nunca han tenido demasiada importancia. Donde de verdad te la juegas es en las promesas que se forjan en agosto y que se emprenden en septiembre: ahí sí que anidan los compromisos de verdad.

Desde que nos recluyeron en la primera aula de primaria, la realidad se acostumbró a disciplinarnos a golpe de curso escolar

De hecho, la planificación del año, a casi todos los efectos, la hacemos en septiembre y no en enero. Decenas de rutinas, horarios y actividades se diseñan justo cuando termina esa versión restringida del verano que representa el mes de agosto. En la entrada del nuevo año, entre risas, gritos, alegría por decreto y copas de champán, nos prometemos hacer distintas cosas, pero se trata de gestos para la galería o de (nunca mejor dicho) brindis al sol: las verdaderas promesas, las que valen, nos las hacemos a finales de agosto y a primeros de septiembre. Ahí se libra la suerte de los próximos meses.

En agosto te prometes las cosas que verdaderamente importan: desde las distintas actividades que jalonarán el curso (deportivas, académicas, lúdicas) hasta verdaderos desafíos que hay que afrontar en el trabajo, en la familia, en la amistad… a veces incluso en el amor.

Personalmente, no organizo mi año; organizo mi curso. Agosto abre las puertas a un nuevo ejercicio anual. Deposito en él derechos y obligaciones. Concreto servidumbres que asumir, servidumbres que evitar, parcelas de libertad que disfrutar. Y así organiza su vida, también, la mayoría de las personas.

En agosto te prometes las cosas que verdaderamente importan: desde las distintas actividades que jalonarán el curso hasta verdaderos desafíos

Confieso, a mayor abundamiento, que se trata en mi caso de una obsesión singular. Anoto en un cuaderno los perfiles que va a adoptar el nuevo curso: cosas que llenarán los días, promesas dirigidas a uno mismo o a los otros, objetivos personales y profesionales.

Ahora, en el mundo de los negocios (también en el de la política) se estila establecer "indicadores", es decir, definir criterios claros y objetivos para evaluar el cumplimiento y desarrollo de un objetivo. En mi diseño del nuevo curso aún no he llegado a semejante extremo… pero acaso algún día lo haga.

Lo cierto es que agosto supone esa tríada personal: descanso, examen y previsión de lo que viene. En los nuevos objetivos, en las nuevas promesas, hay también formas más o menos clandestinas de esperanza.

En los nuevos objetivos, en las nuevas promesas, hay también formas más o menos clandestinas de esperanza

También, no tengo duda, las habrá en mi caso (esperanzas, quiero decir). Sin ellas no se puede vivir. Hago recuento de algunos de los objetivos que tengo por delante. Momentos decisivos (preveo) en noviembre, en enero... también en mayo.

Perdón por mantenerlos en secreto: seguro que el lector también cuenta con los suyos. Y, si no es así, habrá tiempo en agosto para dar forma a nuevos empeños en ese secreto lugar de la conciencia donde hablamos a solas, donde nos examinamos a fondo, donde no tenemos posibilidad alguna de engañarnos porque nos encontramos de frente con nosotros mismos y, ahí, en esa oscura dársena, la mentira es imposible.

Hoy termina, de algún modo, el curso 2025-2026. Hay un mes por delante para recobrar fuerzas. Más allá nos espera el curso 2026-2027. Preveo en ese nuevo curso desafíos políticos y económicos realmente importantes. Pero hoy prefiero quedarme con los otros, los personales: ojalá todos tengamos cosas que lograr y, todavía mejor, cosas que compartir.