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Un grupo de personas disfruta de un atardecer parecido a un eclipse.

Un grupo de personas disfruta de un atardecer parecido a un eclipse. Min An (Pexels)

Opinión

Vivimos eclipsados

En estos días podríamos decir que los necios miramos al eclipse sin fijarnos en el dedo que lo señala

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Reza el famoso proverbio que "cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo" para referirse a que a veces no sabemos mirar más allá de lo evidente y, en cambio, nos distraemos con cuestiones superficiales que son más llamativas. Sin embargo, en estos días podríamos decir que los necios miramos al eclipse sin fijarnos en el dedo que lo señala.

Vivimos eclipsados. Pero no por el hermoso eclipse de este miércoles.

Resulta lógico que un eclipse solar completo que no se ha visto aquí en más de cien años concite nuestra atención. También es natural el despliegue de los medios de comunicación, porque nuestro deber más básico es informar sobre lo que ocurre.

Hablamos de un fenómeno astronómico de indudable relevancia y de una poderosa belleza. O, dicho de otra manera, es normal que a todo el mundo le interese sobremanera el eclipse, sin necesidad de caer en el delirio de algunos lunáticos -nunca mejor dicho- presos de supercherías.

Ver cómo se hacía de noche en Euskadi y en otros muchos puntos de España fue una experiencia emocionante que siempre recordaremos.

Lo que llama la atención de servidor es cómo nuestra sociedad consume estos acontecimientos. Algo que hasta ayer desconocíamos pasa a ser lo más importante de nuestras vidas. Se cuela en ellas sin apenas darnos cuenta. Pasamos de 0 a 100 en milisegundos.

Sin que sepamos explicar por qué, de pronto necesitamos saber todo sobre el eclipse de turno. Nada importa lo que suceda alrededor. Nos gobierna un acontecimiento o una idea que pasará de largo con igual premura. La fiebre es imparable. Lo queremos todo. Y lo queremos ya. Sin demora y con rapidez

Sin que sepamos explicar por qué, de pronto necesitamos saber todo sobre el eclipse de turno. Nada importa lo que suceda alrededor. Nos gobierna un hecho o una idea que pasará de largo con igual premura. La fiebre es imparable. Lo queremos todo. Y lo queremos ya. Sin demora y con rapidez.

Deglutimos pero no digerimos. Ni comprendemos. Sólo nos lo zampamos, mejor con guarnición para quedarnos saciados.

El Mundial. Los incendios. Lo de Ceuta. El eclipse. Y a otra cosa, mariposa.

Si lo que nos atrae es previsible, en los días previos sólo hablamos de eso. Contamos los minutos para que llegue. Aunque los medios sigan exponiendo al detalle cuestiones distintas, nadie les presta demasiada atención.

Olvidamos la violencia machista, los problemas económicos o los genocidios, por citar tres asuntos perennes que nos rodean. Perdemos el foco, incluso el rumbo, como buenos adictos.

Cuando llega el día de autos, continúan las prisas, que nunca paran, pero cambia el objetivo: lo importante ya no es vivirlo, es mostrar a los demás que lo hemos vivido. Otro síntoma de nuestra época.

No nos basta con ser testigos, queremos ser protagonistas del acontecimiento planetario de turno. La información corre a un ritmo frenético. Tanto que se entremezcla con toda suerte de bulos, pero eso no importa. Se cumple la máxima equivocada de que una imagen vale más que mil palabras. Y que siga la fiesta. Tan líquida, tan banal, tan absurda. Pero tan feliz, claro. Ahí está el truco.

A las diez de la noche de este miércoles el eclipse solar ya era historia. Tras los selfies, los likes y las stories de rigor, nos pusimos, o tal vez nos pusieron, a buscar el siguiente eclipse con que entretenernos. Ya estamos en la cuenta atrás.