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Una niña asombrada con el eclipse / EFE

Una niña asombrada con el eclipse / EFE

Opinión

Reflexiones tras el eclipse desde un bar de carretera intergaláctico llamado Tierra

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Llegó. Y fue, hay que gritarlo, hermoso. Todo: Catalina, interponiéndose entre Lorenzo y la humanidad como si quisiera recordarnos que podemos tapar el sol con un dedo pero jamás poseeremos la autoridad del Universo; la penumbra, tan distinta a cuando las nubes se enredan en la bombilla; los pájaros, confundidos; y silencio, al menos un minuto de silencio, del que se guarda cuando se homenajea a un difunto solo que sin pena en la pupila.

Bastó eso, no hizo falta más, para sentir el rasguño de lo sublime. Y que el circo montado pareciera, siquiera un ratito, disculpable.

Lo de estos últimos meses había empezado a quitarme las ganas. Ya sabes. Agencias de viajes descubriendo la astronomía con packs premium de autobús a la cima del monte y cata de vinos. Hoteles de la franja a quinientos euros la noche, con reservas agotadas desde marzo. Súmale el mercadeo de las gafas, un descaradísimo déjà vu de las mascarillas al principio de la pandemia. Y lo peor: demasiada gente que hoy no te sabrá decir si la Luna está en fase creciente o cómo se llama cuando luce como una rodaja de melón, obsesionada con el momento.

La civilización preocupadísima por proteger la retina del fulgor solar y quién se para a pensar en la ceguera cotidiana

No critico la fascinación por el eclipse. Me pareció legítima y, sobre todo, sanadora. Necesitamos activar el asombro infantil, la curiosidad primigenia que el cinismo de la rutina se empeña en extirpar. Además, ha sido un evento canónico. Quizá no experimentes otro igual de aquí a tu último suspiro. Y para qué engañarnos: perdérselo activaba el fomo, ese pánico tan millenial de quedarse fuera de la historia y la histeria.

El problema no fue la neurosis colectiva de elevar al fin la vista. Yo tengo telescopio. Es la costumbre de dejar de mirar el resto del tiempo.

En serio, el tema trae guasa. La civilización preocupadísima por proteger la retina del fulgor solar y quién se para a pensar en la ceguera cotidiana. Hemos desarrollado una incapacidad prácticamente crónica para ver lo que se nos pone delante día a día.

Da igual qué. La luz dorada rebotando en los azulejos de la cocina al atardecer, el cansancio en los hombros de mamá, las margaritas que han vuelto a brotar detrás de casa, el beso que le falta a tu pareja en la comisura izquierda de la boca... Se nos escapan cosas así de fundamentales porque el cerebro va a mil por hora, secuestrado por una lista de tareas pendientes que nunca acaba y decisiones tan prácticas como si hoy toca descongelar las pechugas de pollo o mejor hacer huevos fritos.

Alzar los ojos a la intemperie infinita ayuda a recordar lo ridículamente insignificantes que somos

Es lo que tiene vivir pasados de vuelta, contranatura, amortiguando el reloj biológico a base de luz azul, gimnasio, Netflix, lexatines. Lo que sea para que no moleste con sus manías anticuadas de masticar lento, dormir cuando anochece o apagar motores si el termómetro sube de 40.

La aceleración empezó con la Revolución Industrial y aquí seguimos: aceptando la insensatez de boicotear nuestros propios ritmos circadianos con los ojos vendados para no ver la caída. Si el cosmos lo gestionara nuestra especie, la Vía Láctea ya sería siniestro total.

Por eso me encantaría pensar que al menos una quinta parte, no pido más, de quienes se rindieron a la experiencia histórica del 12 de agosto de 2026 recuperará la sana costumbre de mirar al cielo. No solo por aprender a guiarse como viejos pescadores o engatusar a la cita de Tinder señalando el cinturón de Orión. Hablo de algo más humilde: alzar los ojos a la intemperie infinita ayuda a recordar lo ridículamente insignificantes que somos.

Lástima que el milagro dure exactamente lo que tarda en picarte un mosquito gigante o vibrar el móvil en el bolsillo

Si lo has practicado sabrás que es un ejercicio de higiene mental súper efectivo frente a nuestras miserias: las prisas, la autoconmiseración, incluso el narcisismo contemporáneo, esa soberbia compartida que a unos les hace opinar de cualquier conflicto geopolítico sin sonrojo y a otros creer que sus stories de Instagram tomando café importan.

De vez en cuando hace falta la matemática de un cosmos que no sabe quién eres, ni le importa, para echar freno de mano y recuperar el norte que dejaste de buscar en la estrella polar porque tienes GPS. Y de ahí, mi propuesta en lo que falta de mes: aprovechar las noches tranquilas de agosto para dejar atrás el ribeteado de las farolas, encontrar un sitio donde lo oscuro recupera su virginidad y perderse.

Perderse en la negrura hasta que los ojos se acostumbren y el cielo acepte parir millones de lucecitas que, incluso muertas, llevaban siglos esperándote.

Que nada ni nadie nos eclipse el resto del año: ni la vuelta al cole, ni los tres kilos ganados con cerveza, ni la subida de la hipoteca

Es un instante casi místico, de esos que a Santa Teresa le habrían hecho levitar tres metros y a ti puede que te pille con una nevera portátil llena de cervezas. De repente, el aire huele a pino caliente y noche vieja. La mirada se expande y todo encaja. Comienzas a entender la geometría del tiempo, a asumir qué lugar ocupas en la charca espacial. Y aun así intuyes, con la claridad deslumbrante de la danza astral, que jamás terminarás de encontrar respuesta a muchas grandes preguntas de la existencia pero tampoco importa.

Lástima que el milagro dure exactamente lo que tarda en picarte un mosquito gigante o vibrar el móvil en el bolsillo con una notificación de la app del banco.

Por cierto, buenas nuevas. Las Lágrimas de San Lorenzo ya están aquí. Oportunidad anual sublime para, además de lo que te he contado, practicar un rito candoroso al que solo renuncian los amargados que confunden madurez con haberse quedado secos por dentro: perseguir estrellas fugaces y pedir un deseo.

El mío lo tengo claro y, como no soy supersticiosa pero me pierde un buen brindis, aquí va por adelantado: que nada ni nadie nos eclipse el resto del año. Ni la vuelta al cole, ni los tres kilos ganados con cerveza, sudor y risas estas vacaciones, ni la subida de la hipoteca. Ni, válgame Dios, esa manía de algunos por creerse el ombligo del Universo cuando apenas somos una mota de polvo flotando en un bar de carretera intergaláctico.