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¿Se debe censurar al que odia?

¿Se debe censurar al que odia? Darya Sannikova (Pexels)

Opinión

El odio a la carta

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Prolifera la opinión de que las expresiones de odio resultan intolerables y que, en consecuencia, no deben ser contradichas sino directamente censuradas. La palabra “censura”, claro, no se utiliza. Por una parte incomoda, pero una razón mejor explica la omisión del término: que, en nuestra recentísima cultura, se parte de la base de que el lenguaje puede modificar la realidad. De modo que, cuando un censor censura sin utilizar esas palabras, ni hay censor ni hay censura. Y aquí paz y después gloria.

Es discutible que las expresiones de odio deban ser censuradas. El odio es un impulso interior. Resulta extraño convertirlo en delito: existen sentimientos negativos e inmorales pero, como tales sentimientos, son difíciles de identificar.

El delito de odio exige al juez indagar en las entrañas del imputado e ir más allá de su conducta objetiva, incluso más allá de sus palabras, que deberán ser objeto de cuidadosa interpretación. Juzgar los sentimientos es una grieta abierta en el principio de legalidad y puede hacer del principio de tipicidad un coladero.

Más allá del derecho, el tratamiento del odio resulta no menos arriesgado en el ámbito político y social. Muchos consideran que las expresiones de odio no deben ser rebatidas sino directamente reprimidas. Y muchos otros, que estamos en contra de semejante postura, la aceptaríamos a regañadientes si hubiera un consenso claro sobre el odio, un baremo previamente establecido. Por desgracia no es así.

El que defiende la censura de las expresiones de odio se caracteriza por un segundo pero importantísimo atributo: que se adjudica a sí mismo la identificación, medición y represión del odio como tal.

Yo lo llamaría “administrador del odio” pero, a la vista de esta segunda cualidad, le vendría mejor el término “tahúr del odio”. “Trilero del odio” tampoco estaría mal.

El administrador del odio desencadena en sus damnificados dos efectos fundamentales: censura y autocensura. Practica la censura, la cancelación del otro, pero a menudo consigue un efecto aún más ventajoso: inocula en el discrepante una intimidación preventiva que impone a este la autocensura

El tahúr del odio funciona de modo selectivo. Un ejemplo: en las últimas fiestas de Bilbao (seguramente también en otros lugares) diversos cargos políticos y festivos repitieron hasta la extenuación que las expresiones de odio no tendrían cabida en la ciudad, mucho menos en sus fiestas.

Sin embargo, las txosnas aparecían decoradas con los rostros de sujetos condenados por asesinato, secuestro o extorsión. Pues bien, esas exhibiciones no suscitaron en los firmes perseguidores del odio la más mínima objeción.

El administrador del odio desencadena en sus damnificados dos efectos fundamentales: censura y autocensura. Practica la censura, la cancelación del otro, pero a menudo consigue un efecto aún más ventajoso: inocula en el discrepante una intimidación preventiva que impone a este la autocensura.

Por supuesto, la administración de este complicado mecanismo de odio, miedo, represión y autorrepresión se funda en presupuestos ideológicos muy claros. En el casino del odio, insinuar o presuponer que los musulmanes son terroristas suscita escándalo en grado sumo.

Por contra, afirmar que los curas católicos son pederastas no despierta ningún reparo. Aún más: a lo mejor cualquier matización a la declaración pública, tan frecuente, de que los curas son pederastas puede que sea ya un delito de odio.

La detección del odio se ha convertido en un juego de magia que nada tiene que ver con la razón. Pero, ¿qué tiene que ver la razón en esta batidora de emociones, connotaciones lingüísticas, confusiones terminológicas y omisiones históricas o morales en que se ha convertido el debate público?

La detección del odio se ha convertido en un juego de magia que nada tiene que ver con la razón. Pero, ¿qué tiene que ver la razón en esta batidora de emociones, connotaciones lingüísticas, confusiones terminológicas y omisiones históricas o morales en que se ha convertido el debate público?

El tahúr del odio sabe muy bien que no necesita poner de su parte el idioma, la historia, la lógica o el diccionario. Le basta con tener la moda a su favor. Y la moda no se reduce a convertir su opinión en hegemónica, sino en conseguir que la mayoría de los políticos acepte servilmente sus postulados, interiorice sus presunciones y utilice con mansedumbre su lenguaje.

La conclusión de este artículo es amarga, pero sólo para su autor: recusar a los tahúres del odio es delito de odio. Así que, a cuenta de estas líneas, habrá que cargar con la desagradable reputación de odiador profesional.

Muchos dicen stop a la censura.

Muchos dicen "stop" a la censura. Thirdman (Pexels)