Un hombre sostiene un ejemplar del peridico Gara que cuenta el final del alto el fuego de ETA. / EFE

Un hombre sostiene un ejemplar del peridico Gara que cuenta el final del alto el fuego de ETA. / EFE

Sociedad

ETA contra la prensa: contar el terror desde el centro de la diana

El periodismo fue una de las profesiones que más sufrió el yugo de la amenaza terrorista. El articulista, escritor y antiguo secretario general de Euskadiko Ezkerra, Kepa Aulestia, recoge ahora toda esta historia en un libro

5 diciembre, 2022 05:00

En el suelo, junto a un charco de sangre, ocho periódicos. Entre ellos, Egin. Al lado, un paraguas rojo que se convirtió en el símbolo de la libertad de prensa tantas veces amenazada y esta vez asesinada por ETA. Y frente a los símbolos, el horror del cuerpo inerte de José Luis López de Lacalle recién asesinado por la banda criminal. Esa escena, terrible, es la culminación de años de amenazas, de periodistas escoltados, de sobres bomba enviados a periodistas y redacciones. De una libertad esencial coartada por la sinrazón del fanatismo nacionalista vasco excluyente.

Durante sus cuarenta años de actividad, ETA tuvo entre sus objetivos a unos 300 periodistas y realizó un seguimiento exhaustivo a más de 60. Medio centenar de ellos tuvieron escolta policial, en el País Vasco y en Madrid. Hasta un centenar, estuvo bajo protección oficial o privada. Una decena de profesionales tuvieron que exiliarse fuera del País Vasco hacia Madrid. Sedes de los medios de comunicación estuvieron acorazadas con medidas de seguridad… Dentro y fuera de Euskadi, los medios y periodistas, ya fueran "vascos traidores" o "invasores españoles", que no compartían las tesis nacionalistas radicales, estuvieron amenazados por la organización armada. Tanto ETA como su entorno social emprendieron contra ellos una campaña de violencia creciente. Esta fue otra de las profesiones que más sufrió el yugo de la amenaza terrorista y que surtió de muchos nombres para las famosas "listas negras" de la banda.

Once años después del final de la organización terrorista, el articulista, escritor y antiguo secretario general de Euskadiko Ezkerra, Kepa Aulestia, recoge toda esta historia en el libro ‘ETA contra la prensa, qué significó resistir’ junto a la Fundación Ramón Rubial. Y lo hace analizando la evolución de la relación entre ambas partes, y cómo la prensa reivindicó su papel para poder seguir ejerciendo su trabajo, incluso estando bajo la atenta mirada y amenaza de la banda terrorista. 

El articulista, escritor y antiguo secretario general de Euskadiko Ezkerra, Kepa Aulestia. / Nacha Abaitua

El articulista, escritor y antiguo secretario general de Euskadiko Ezkerra, Kepa Aulestia. / Nacha Abaitua

El mandato de Mikel Antza pone a la prensa en el foco de ETA

Durante estas primeras décadas no había ningún foco de la organización terrorista apuntando expresamente hacia la prensa pero, sin embargo, sí llegaron los primeros asesinatos dentro de los medios de comunicación: Javier de Ybarra en 1977 y José María Portell en 1978. “Unos asesinatos que llegaron sin haber sembrado antes una inquina expresa entre los activistas, la acción precedió a la palabra”, apunta Aulestia. Javier de Ibarra fue secuestrado, torturado y asesinado por ETA mientras en España se preparaban y celebraban las primeras elecciones democráticas. Fue un empresario y político vasco que, en el cénit de su carrera, fue presidente de El Correo y del Diario Vasco. José María Portell Manso era el director de 'Hoja del Lunes' de Bilbao y redactor-jefe de 'La Gaceta del Norte' y lo asesinaron por ser supuesto mediador en las conversaciones entre el Gobierno y la organización terrorista. 

Los atentados contra los medios y los periodistas por parte de ETA representan un arco prolongado en el tiempo que va desde 1964 hasta 2008. Más de 40 años en los que la intensidad, el número y la gravedad de los ataques va variando por diversas circunstancias. Y esa mirada distante del comienzo hacia la prensa cambia radicalmente en los años 1994 y 1995. En esos años arranca un sistema de coacción y que coincide, y no de manera casual, con la llegada de Mikel Antza y sus diez años al frente de ETA. Con su mandato llega la animadversión hacia los medios de comunicación que aparece por escrito en sus boletines internos. Con esas primeras líneas llegan también los primeros nombres de articulistas en las listas de objetivos, llegan los ataques a las delegaciones de los medios de Madrid en Euskadi, llegan las primeras amenazas, los primeros atentados frustrados…  

Portada del diario El Mundo tras el asesinato de su columnista José Luis López Lacalle. / El Mundo

Portada del diario El Mundo tras el asesinato de su columnista José Luis López Lacalle. / El Mundo

El paraguas de López Lacalle

Y más asesinatos. En el año 2000, ETA acabó con la vida de José Luis López Lacalle, periodista y columnista del diario El Mundo, cuyo compromiso con la libertad y la democracia le colocó en la mirilla de la barbarie de la banda hasta su asesinato. Ya en 1999 la localidad donde vivía fue inundada con pasquines, donde su nombre figuraba junto al de otros miembros del Partido Popular y del Partido Socialista de Euskadi y en 2000 sufrió el lanzamiento de cócteles molotov contra su domicilio y aparecieron pintadas amenazándole de muerte. Todo esto acabó días después con cuatro tiros a quemarropa antes de abrir el portal de su residencia en Andoain. En 2001, otra noticia conmocionó al mundo de la prensa, el asesinato de Santiago Oleaga con siete tiros en el aparcamiento del hospital al que había acudido para su sesión diaria de rehabilitación. Su muerte fue un crimen que culminó una ofensiva de presión de ETA contra los medios, consciente de que, en aquellos años, podía perder la batalla de la opinión en Euskadi que fue decisiva para el posterior fin del terrorismo. 

Además, multitud de redacciones sufrieron ataques: la emisora de Radio San Sebastián, la delegación de la Agencia Efe en San Sebastián, la sede del Diario de Navarra en Pamplona, la redacción de El Correo en Zamudio  o la sede de Radio Nacional de España en Sevilla. Además, se desactivaron numerosos paquetes bombas contra periodistas como Carlos Herrera, Aurora Intxausti, Juan Palomo... y otros que llegaron a explosionar como el que amputó el dedo pulgar de una mano y ocasionó diversas heridas a Gorka Landaburu. Fue la década más dura para ejercer la profesión del periodismo con libertad en Euskadi.

Portadas de tres medios nacionales diferentes tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.

Portadas de tres medios nacionales diferentes tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.

De "periodista notario" a cuestionar la sinrazón de ETA

La animadversión hacia la prensa ya era conocida y las amenazas ya se estaban cumpliendo. Esto hizo que ejercer la profesión, y más con libertades, se convirtiera en una tarea sumamente complicada. “Hubo un periodo largo en el que el periodismo que se hacía era meramente descriptivo, que relataba los acontecimientos sin entrar a valoraciones y que evitaba los calificativos. Una especie de periodista notario. Ese era el tipo de periodismo que le gustaba a Mikel Antza”, cuenta Kepa Aulestia. 

Sin embargo, esto cambia en un momento determinado por algo que él describe como la “acumulación”. Llegan unos años en los que los atentados no se detienen y los medios entran en una espiral de sucesos, a la vez que empiezan a reaccionar y los periodistas pasan de hablar de “violencia política” para hablar de “terrorismo”. Ahí es cuando los profesionales empiezan a ser objetivos directos de ETA, aparecen en las listas y algunos se ven obligados a llevar escolta, especialmente en los años 1994 a 2004. 

“Los atentados no paraban y el trabajo de un periodista era cubrirlo, ir al lugar del atentado, seguir las consecuencias materiales, luego las reacciones políticas, los partidos comenzaban con sus diferencias y la transferencia de culpas, había que esperar el comunicado de ETA… y así se entraba en un bucle con el que se perdía el verdadero foco de lo ocurrido”, narra Aulestia. A esto hay que sumar aquellos redactores y reporteros gráficos que tuvieron que acudir a cubrir algún hecho violento en el que la víctima fuera un miembro de ETA o un simpatizante, o seguir alguna de sus manifestaciones. Ahí llegaban los insultos, la amenazas y el famoso “yo a ti te conozco”. Y lo mismo ocurría con los mítines o actos de HB donde se establecía la censura hacia ciertos medios a los que no se les dejaba acceder o se les profería referencias directas en pleno acto. 

Vecinos vascos observan la prensa publicada con el anuncio del final de ETA en el año 2011. / Archivo EFE Javier Etxezarreta

Vecinos vascos observan la prensa publicada con el anuncio del final de ETA en el año 2011. / Archivo EFE Javier Etxezarreta

Contar el terror desde el centro de la diana

No obstante, lo más complicado llegaba a la hora de lidiar lo profesional con el ámbito personal cuando el propio articulista se convertía en una víctima amenazada por ETA. “Los periodistas decidieron sentir más miedo del que hubieran tenido que sentir. Fue una especie de mecanismo de sanación, de mecanismo moral de resistencia porque ellos no se podían sentir más víctimas que los demás”, explica Aulestia. 

Es por ello que hubo quienes decidieron escribir en primera persona lo que les estaba ocurriendo y hubo quienes prefirieron dejarlo en el plano personal: “Si no se hubiera hecho así y todos los periodistas hubieran contado su vivencia, la profesión se hubiera resentido”. A pesar de esta dura situación, Aulestia asegura que no hubo un abandono de su profesión por parte de los periodistas, más allá de ciertos recelos a la hora de asumir algunos cargos con mayores responsabilidades dentro de los medios. “El caso que me viene a la mente es el que ocurrió en el Diario Vasco. Se abrió un proceso de selección y unos cuantos candidatos habían pasado la primera fase y solo faltaba la segunda. En ese momento fue cuando se conocieron los atentados contra la sede del medio y aquella convocatoria quedó desierta porque todos los candidatos se retiraron”, recuerda Aulestia.

Portada de Egin tras conocerse el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Portada de Egin tras conocerse el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Egin, el "cuarto frente" de ETA 

En esta historia sobre la relación entre ETA y los medios de comunicación, hay un capítulo muy importante: Egin. Este proyecto periodístico nació en 1977 y llegó a los quiscos por primera vez el 29 de septiembre de ese mismo año. Se trataba de una estructura informativa creada para un público abertzale “plural” y que terminó completamente sometida a los dictados de ETA. Para la Justicia, este era el “cuarto frente” de la banda terrorista y la “relación de dependencia llegó a ser absoluta”. 

El nacimiento de este periódico tuvo elementos muy peculiares, y es que pudo convertirse en realidad gracias a que cerca de 40.000 personas aportaron de su bolsillo una cantidad económica para ponerlo en marcha. En su primera portada, aparecía un agradecimiento expreso a esa especie de ‘crowdfunding’: “A todos los que habéis esperado este periódico. Al grupo de fundadores que arriesgó primero. A los veintitantos mil cuenta-partícipes, sin exigir a cambio. A todos los que piensan en este periódico como instrumento para construir una Euskal Herria -compuesta por siete provincias- que abra caminos para una sociedad nueva…”.

Los principios editoriales que lo sustentaban eran los siguientes: popular, independiente, nacional, impulsor del euskera, defensor del reconocimiento de Euskal Herida como nación y contrario a toda forma de opresión. Además, rechazaba frontalmente la violencia policial y las torturas a detenidos, mientras se solidarizaba con los acusados de ‘kale borroka’ o de pertenencia a ETA. De hecho, Egin solía ser el primer medio de comunicación en recibir los comunidad de la banda terrorista

Operación Persiana

Esta vinculación con ETA y su brazo político -Herri Batasuna nació con solo siete meses de diferencia respecto a Egin-, hizo que este periódico recibiera la espalda de las instituciones públicas económicamente. Nunca recibió subvenciones ni tampoco se incluyó publicidad institucional

Fueron 20 años de actividad en los que ETA recurrió al diario para poner en contacto a militantes, publicar comunicados, alertar de explosivos o dar toda serie de ultimátum como el de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997. Hasta que llegó el 15 de julio de 1998 y el juez Baltasar Garzón activó la 'Operación Persiana'. Ese día, el magistrado se trasladó hasta las instalaciones del medio con un dispositivo policial para procesar a su cúpula societaria y periodística y decretar su cierre, junto con el de Egin Irratia, su emisora de radio. Sin embargo, muy poco después, el 30 de enero de 1999, Egin ya tenía relevo: llegaba el diario Gara. Un medio que, a día de hoy, sigue en pleno funcionamiento.