Manifestacin a favor de la educacin sexual en las aulas / EP

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Igualdad

Cómo la pornografía erotiza la violencia contra las mujeres e invisibiliza el consentimiento

La falta de educación sexual hace que los jóvenes recurran a estos contenidos como fuente de información, lo que les dificulta diferenciar entre realidad y ficción en el ámbito sexual

21 noviembre, 2022 05:00

Recibir una formación emocional igualitaria desde la infancia es fundamental para romper los estereotipos de género y paliar el machismo. La falta de una educación sexual sólida hace que muchos adolescentes accedan a la pornografía como fuente de información, algo que maleduca a los jóvenes en el aspecto sexual, dado que esta industria conduce a llevar a cabo conductas machistas. Algo que por supuesto también ocurre aquí, en Euskadi. 

La revolución digital de las últimas décadas ha influido en la accesibilidad con la que cuentan estos contenidos. Antiguamente se consumía a través de VHS, DVD o canales de pago, pero hoy en día basta con sacar el móvil, ya que este tipo de contenidos se encuentran sobre todo en internet. Los 11 años son la media de edad en el que se tiene el primer móvil, y que la pornografía sea gratuita y accesible las 24 horas del día ha provocado el aumento de su consumo.

Un dato demoledor es que la pornografía es la quinta industria más rentable del mundo, por detrás de las drogas, la prostitución, la banca y el armamento. La pornografía aporta mayores beneficios económicos que el alcohol, las apuestas o el petróleo.

María Rodríguez Suárez, sexóloga y doctora en género y diversidad, considera que no se está abordando este problema de forma adecuada. Según señala, la falta de educación sexual hace que los más jóvenes sacien su curiosidad a través de la herramienta más fácil, que es disponer de un móvil. “Consumir estos contenidos siendo tan jóvenes hace que no vean las relaciones sexuales como algo consentido, pensado y disfrutado entre los dos”, apunta.

El 90% de los adolescentes dice que se ha encontrado este tipo de contenidos en internet, mientras que el 68% reconoce haberlo consumido; concretamente, un 81% de los chicos y un 40% de las chicas lo reconocen. Ellos declaran consumirlo casi a diario y ellas de forma esporádica. Según apunta Rodríguez, esto obedece a una construcción de la masculinidad hegemónica: “Los chicos sienten la necesidad de cumplir unas expectativas. Es lo que esperan que contesten la mayoría de los varones. Esa masculinidad hegemónica marca que los chicos no solo tienen que ver porno, sino que también tienen que contarlo”.

De las mujeres se espera justamente lo contrario. “Expresar que se consume pornografía públicamente supone ser etiquetada”, destaca Rodríguez. La sexóloga apunta que probablemente muchas más chicas de las que lo reconocen consumen porno, y los chicos, a la inversa.

María Rodríguez Suárez, sexóloga y doctora en género y diversidad

María Rodríguez Suárez, sexóloga y doctora en género y diversidad

El porno como escuela

El 48% de los jóvenes define la pornografía como una forma de aprendizaje y el 30% considera que es la única fuente de información sexual. Así lo señalan los datos aportados por Rodríguez, la cual explica que los jóvenes acuden a la pornografía para ver de qué va la sexualidad: “El porno no está hecho para educar, está hecho para producir y rentabilizar, y los jóvenes sacian su curiosidad en internet, pero no en el aula o en la familia”. 

La sexóloga advierte de la necesidad de asumir responsabilidades y no arrojar toda la culpa a esta industria: “Hay que invertir en educación sexual, sobre todo para que si después se consume, los jóvenes tengan las herramientas necesarias para entender que se trata de una ficción”. Aunque la mayoría de estos contenidos son de carácter violento, la población adulta que haya adquirido cierta conciencia puede distinguir entre realidad y ficción, pero en edades tempranas no es así. Ante esta problemática existe una responsabilidad compartida por parte de la escuela, la familia, los medios de comunicación y el conjunto de la sociedad.

La pornografía se sustenta en unas “continuas narrativas sexistas y misóginas” donde “la mirada masculina es la que construye la ficción” y donde se produce una “erotización de la violencia contra las mujeres”. Además, en esta industria predomina una mirada que cosifica los cuerpos de las mujeres. “Casi un tercio del porno contiene actos de agresión física, y el 90% de las víctimas que reciben esta violencia son mujeres, las cuales no responden contra esta violencia, por lo que se presenta como algo deseable”, denuncia Rodríguez, quien advierte de que no solo se trata de violencia física, sino también de violencia simbólica en forma de insultos, humillaciones y cosificación.

Invisibiliza el consentimiento

Una de las características que mejor define la pornografía es la simplificación de los procesos de seducción y comunicativos. Esta industria presenta unas relaciones totalmente descontextualizadas, donde el imaginario habitual es el de unos personajes con una disponibilidad absoluta para mantener relaciones sexuales. “A todo el mundo le apetece tener sexo todo el rato y con quien sea. Derrepente el pizzero toca a la puerta y los personajes van al grano”, resume la sexóloga, quien considera que la pornografía representa a máquinas sexuales en excitación permanente.

Es evidente que en la vida cotidiana la excitación y el deseo funcionan de otra manera, pero en los contenidos pornográficos el sexo acaba representado como algo inmediato y fácil. Esto hace que el consentimiento se convierta en algo problemático ya que en la pornografía no existe. “A todo el mundo le apetece a todas horas, por lo que no hace falta preguntar. Esto provoca que el consentimiento y todos los consensos que tienen que ser gestionados durante cualquier relación sexual sean invisibilizados”.

Si esta invisibilización del consentimiento ya resulta extremadamente peligrosa, se agrava aún más cuando un personaje muestra alguna negativa, ya que éste suele ser excitado por la otra persona, y finalmente acaba cediendo y disfrutando de esta práctica. Esto agudiza esa invisibilización del consentimiento, ya que se transmite que la insistencia es un método para que un ‘no’ se convierta en un ‘sí’.

Se transmite que la insistencia es un método para que un ‘no’ se convierta en un ‘sí’

El chantaje, la coacción y la fuerza también juegan un papel importante en esta industria. Numerosos vídeos muestran una jerarquía de poder absoluta -profesor/alumno o jefe/empleado, entre otros-. En estos vídeos, las figuras con autoridad -que suelen ser hombres- tienden a utilizar la coacción para lograr sus fines sexuales. 

Además, en muchas páginas web pornográficas existen las categorías “borrachas”, “drogadas”, “dormidas” o “inconscientes”. Lo más llamativo es que estas categorías aparecen diferenciadas de la categoría “violaciones”. “Esto lanza un mensaje muy distorsionado: violación es una cosa, pero los vídeos donde las mujeres están inconscientes o drogadas no son violaciones, son una forma más de tener sexo, y esto es profundamente problemático”, lamenta Rodríguez.

Etnocentrista y lesbófobo

Es importante tener en cuenta que esta industria no solo normaliza el poder del hombre sobre la mujer, sino que también perpetúa una visión “etnocéntrica y lesbófoba”. La sexóloga afirma que la pornografía prioriza una mirada masculina blanca y heterosexual: “Existe una industria paralela, ofrecen porno ‘normal’, y después la versión ‘rarita’ que es la homosexual”. Del mismo modo, la sexóloga señala que la pornografía “organiza” los cuerpos e identidades de las actrices y se ofrecen en forma de catálogo: árabes, asiáticas, latinas o negras: “Llama la atención que la categoría blancas no aparece, se plantea como ‘normal’. Se asumen los rasgos de las personas blancas como rasgos no marcados o neutros.

En referencia a la lesbofobia, la sexóloga señala que en los vídeos donde a priori aparecen dos mujeres que se supone que son lesbianas o bisexuales, cuando llega el hombre “se convierte en el protagonista”, es decir, se vende que el lesbianismo es un apetito transitorio. 

La forma en la que la pornografía enfoca la bisexualidad también resulta controvertida. En los vídeos donde participan tres o más individuos las mujeres pueden tener un encuentro erótico entre ellas. Sin embargo, cuando aparecen dos hombres, “ni se miran, no existe ningún contacto”. Llama la atención que en la página de wikipedia de prácticamente todas las actrices porno aparece que su orientación en la industria es bisexual, a diferencia de los hombres.

Riesgos para la salud

Los riesgos de consumir pornografía desde edades tempranas va más allá de que se desinforma y se maleduca a los jóvenes. Consumir estos contenidos normaliza las prácticas de riesgo, ya que no es habitual el uso de preservativo.

En las escuelas se realizan diversos talleres de educación sexual, aunque Rodríguez, que también se dedica a impartir este tipo de talleres, los califica como “poco significativos”: "Muchas veces entro al aula y me preguntan si vamos a poner preservativos en plátanos y hablar de ITS".

Rodríguez impartiendo un taller de educación sexual en un instituto

Rodríguez impartiendo un taller de educación sexual en un instituto

Algo falla

“¿Qué hacemos? sentirnos como una mierda y callarnos”. “Una tiene miedo a decirlo, está tan normalizado que te tiene que gustar”, “Lo que se te está pasando por la cabeza no sabes cómo decírselo. Te está cogiendo del cuello, te domina y no puedes hacer nada”. “El cambio lo tienen que hacer ellos. ¿Por qué tenemos que pararlo nosotras?, ¿no pueden preguntar si nos gusta que nos agarren del cuello?” 

Estas son algunas de las declaraciones que realizaron varias jóvenes en el programa Salvados de La Sexta al contar algunas experiencias sexuales que han vivido. La pornografía es una de las razones que lleva a las mujeres a sufrir situaciones así. Sin embargo, tal y como apunta Rodríguez, “responsabilizar al porno del trabajo que no hace la sociedad es una manera de lavarse las manos, es el momento de asumir responsabilidades. Algo estamos haciendo mal los adultos que estamos acompañando a estos jóvenes”. 

¿Qué hay que hacer con los jóvenes que consumen pornografía? La sexóloga tiene claro que la solución es educar. Según apunta, la vía principal es fomentar una educación sexual mediática, donde quienes consumen pornografía sean capaces de analizar lo que están consumiendo: “Están recibiendo información sexual desde vías que aportan una enorme desinformación. El porno no está hecho para educar”.

Fomentar el diálogo

La educación sexual es la mejor herramienta para desarrollar una actitud crítica frente a la desinformación que aporta la pornografía. “Ignorar la educación sexual sería obviar que el ser humano a lo largo de su vida tiene intereses y comportamientos sexuales”, apunta Rodríguez. 

Es importante tener en cuenta que la educación sexual es inevitable. Los jóvenes también la reciben a través de silencios o de preguntas que no obtienen una respuesta. Y resulta evidente que la manera de educar de forma satisfactoria es fomentando el diálogo con ellos.

Para reforzar la idea de la necesidad de ser educados en este campo, Rodríguez plantea un símil donde compara la educación sexual con la vial. “Si no tuviéramos educación vial y los jóvenes vieran películas como ‘A todo gas’ para aprender a conducir, las carreteras serían una locura. Con el porno pasa lo mismo; hay que tener una base de educación sexual para entender la pornografía de una forma crítica”. 

Si no tuviéramos educación vial y los jóvenes vieran películas como ‘A todo gas’ para aprender a conducir, las carreteras serían una locura. Con el porno pasa lo mismo

 

Los objetivos que se plantean desde la educación sexual son aportar a los más jóvenes las herramientas para conocerse, aceptarse a sí mismos y al resto con sus diferencias y expresarse. Del mismo modo, la educación sexual, además de ser una herramienta de empoderamiento, aporta valores en materia de igualdad, diversidad, empatía y respeto.

Un cultivo necesario

Hablar de pornografía no es neutral. Al hacer una valoración hay que posicionarse, dado que esta industria genera modelos y estereotipos masculinos y femeninos donde se reproducen relaciones desigualitarias y hay una dominación y humillación hacia las mujeres.

Es importante tener en cuenta que educar no es lo mismo que prevenir. La educación promueve unos valores positivos, mientras que la prevención busca evitar actitudes negativas. Rodríguez plantea la necesidad de centrar los esfuerzos de la sociedad en la educación por encima de la prevención: “Cuando se va a un aula a decirle a los jóvenes lo que no tienen que hacer no te escuchan”.

La educación sexual podría considerarse un cultivo necesario que necesita ser regado con frecuencia para conseguir resultados. Es precisamente esa educación la que aporta a los jóvenes los conocimientos y habilidades necesarias para saber distinguir entre realidad y ficción. Dichas habilidades pueden ser imprescindibles para saber cortar una situación, establecer límites o saber gestionar las emociones. Los jóvenes tendrían mayor facilidad a la hora de saber cómo gestionar un rechazo, cómo afrontar la presión de grupo, o saber distinguir entre las fantasías -donde no hay límites- y los deseos, que son pensamientos que quieren materializar y les llevan a una búsqueda de contacto.