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Una pareja bajo la lluvia de febrero.

Una pareja bajo la lluvia de febrero. Fred Souza (Pexels)

Opinión

Lluvia de febrero

Habitamos el mundo como si la rutina estuviera garantizada, firmada en un contrato indestructible como el acero

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Damos todo por hecho. Constantemente. A todas horas. La vida. La salud. Los recuerdos. La libertad. Hasta el simple y, sin embargo, determinante gesto de coger aire y expulsarlo lo creemos inalterable. Como si fuera algo definitivo, otorgado igual que un premio… algo que nada ni nadie nos puede arrebatar. 

Es domingo. Mediodía. Unas cuantas nubes blancas barnizan el cielo azul tenue. El frío agrieta los labios, pero hoy, al menos, el suelo no está mojado. Tampoco la piel. 

Observo a varias palomas jugueteando con el agua de una fuente que sale a chorros del mismo asfalto de Madrid. Como si no les hubiera bastado la lluvia que no ha dejado de caer en febrero.

Una pareja exprime el amor y el día seco tomando el primer café en una terraza. Él le pasa a ella la mano por el muslo en un gesto que no hace más que prolongar una noche de pasión que perdura.

Un hombre encorvado y sentado sobre una acera casi vacía pide dinero con la mano derecha abierta, mientras se calienta con una botella de cerveza que esconde bajo el brazo izquierdo. Su cabeza y su cuerpo se envuelven y enredan en una manta verde como la esperanza que hace mucho debió perder. Como se pierde, de pronto, aquello que damos por sentado. Hasta este paseo por una ciudad que descansa del ruido de los días laborables…  se ha esfumado igual que el polvo antes de quedar anotado.

Creemos que todo está ahí, que va a estar ahí por siempre. Una copa de vino. Una cama vestida. Una conversación. Una mirada. Una pregunta. Los pies en movimiento. Un enfado. Una ducha. El parpadeo del mar. El rumor del viento. El futuro. El pasado. Un reflejo en el espejo.

Habitamos el mundo como si la rutina estuviera garantizada, firmada en un contrato indestructible como el acero. Es la tendencia a considerar que las cosas no se van a mover de su sitio, que las personas no se van a marchar de nuestro lado, que nosotros no vamos a cambiar de orilla… que la corriente va a permanecer siempre a nuestro favor. 

Pero, llega un día -por ejemplo- en el que llueve. Sin parar. Lluvia de febrero que cae con una rabia inusitada. Como si el cielo se desplomara sobre la tierra. Y te encuentras, en mitad del diluvio, sin nada a lo que aferrarte. Nada. Cuenta Paloma en televisión cómo embarazada de 37 semanas el desalojo de su casa en una de las localidades de Cádiz sacudidas por la borrasca, “le pilló por sorpresa”. Describe con calma, sin alterarse apenas ante la cámara, sin lágrimas aparentes, que cogió su bolsa, la del bebé, la maleta y se marchó. 

La suya y la de los más de 11.000 evacuados en toda Andalucía que, de un minuto a otro, se han visto estas últimas semanas durmiendo sobre un colchón, en un campo -de baloncesto o de lo que fuera- de un polideportivo de un pueblo que no es el suyo. Acostándose agradecidos por respirar, aunque con la incertidumbre de no saber qué se encontrarán a su regreso, ni siquiera si regresarán a ser quienes fueron

Bastan dos frases para describir una vida que se queda colgando sin avisar… como las hojas de los árboles cuando acecha el frío. La suya y la de los más de 11.000 evacuados en toda Andalucía que, de un minuto a otro, se han visto estas últimas semanas durmiendo sobre un colchón, en un campo -de baloncesto o de lo que fuera- de un polideportivo de un pueblo que no es el suyo. Acostándose agradecidos por respirar, aunque con la incertidumbre de no saber qué se encontrarán a su regreso, ni siquiera si regresarán a ser quienes fueron.

“Los desalojados temen el pillaje”, escucho que dicen en un programa matinal. Como si no les hubieran arrebatado y robado ya lo más valioso. El control de su vida. Perder eso es lo más aterrador. Lo que más nos asusta. 

“No valoras la independencia hasta que no la tienes”, me dice Bea, una maquilladora del trabajo mientras recuerda en la sala el día en el que se cayó al salir de un autobús y se rompió los dos tobillos. Estuvo un mes en silla de ruedas. “Lo peor fue dejar de ser libre”.

Hasta esa libertad la damos por sentada. Constantemente. A todas horas. Sin embargo, puede llegar a desaparecer como fulminada por un rayo. Y pese a todo, es mucho más saludable creer que algo así nunca no ocurrirá.

Se lo dijo el psiquiatra a Joan Didion y así lo dejó plasmado la escritora en un montón de páginas que fueron halladas poco después de su muerte y convertidas ahora en un libro que me revuelve en cada línea: 'Apuntes para John'. “Usted no tiene que buscar siempre el bache en la carretera. Que usted anticipe el bache no lo hace desaparecer. Seguirá estando ahí. Usted teme no estar preparada para enfrentarse a él si no lo anticipa, pero lo estará.” 

Porque, al final, nada importa, salvo estar aquí, ahora. Porque nada importa salvo nosotros mismos. Porque, aunque anochezca, seguirá amaneciendo y, aunque llueva, seguirá escampando.