Trump y Sánchez en una imagen de archivo
Todos sabemos que ya desde lejos la relación entre el presidente del gobierno de España y el presidente del gobierno de EEUU no es una relación normalizada y de amistad. A las profundas diferencias ideológicas hay que añadirle diferencias de apreciación en materia de estrategia geopolítica y militar.
Los desencuentros vienen sobre todo desde que el presidente Trump pidió a los líderes europeos y de la OTAN que aumentasen su gasto en defensa hasta el 5% del PIB, algo a lo que se opuso Pedro Sánchez. Posteriormente, la posición del Gobierno de España con respecto al genocidio de Palestina volvió a enfadar al mandatario americano, y el último desencuentro se ha vivido con la negación del permiso de utilizar las bases españolas —utilizadas por EEUU— para la guerra contra Irán.
La respuesta del inquilino de la Casa Blanca —esperemos que temporal— fue rápida y contundente y, ante un anulado y servil canciller alemán, Trump anunció un embargo a España que ni puede realizar, ni es bueno para sus intereses, ni cuenta con el apoyo de sus principales asesores militares y económicos.
Las vertientes para analizar la polémica son muchas y diversas, pero tienen conexión unas con otras. Van desde lo geopolítico y geoestratégico, desde lo interno español y estadounidense, hasta lo comunicativo.
Sánchez ha empezado una guerra que le conviene y que puede ganar en la mayoría de los aspectos, si no en todos. Reducir el análisis a una cuestión de política interna es un error o tiene claras intenciones políticas. Claro que Sánchez piensa en su situación interna —sería muy torpe si no lo hiciese—, pero no es su única motivación.
Sin España, EEUU puede perder el acceso al Mediterráneo
En lo geopolítico y geoestratégico, Sánchez cuenta con el activo de que España es un aliado fundamental para la OTAN y para EEUU Es sencillo de entender. Sin España, EEUU puede perder el acceso al Mediterráneo. Esto limitaría de una forma definitiva la capacidad de influencia de los americanos en Oriente Medio y, por lo que sea, esa región es fundamental para EEUU.
En un contexto de fin del multilateralismo —que parece agradar a Trump—, cada país utiliza sus recursos estratégicos de la manera más provechosa posible para sus intereses, y para España tener el control marítimo, comercial y militar del estrecho de Gibraltar es el mayor activo con el que cuenta para sacar provecho de su posición geoestratégica.
El problema es que Trump confía demasiado en su principal aliado en el Norte de África, Marruecos. De hecho, es muy probable que la buena relación entre los alauitas y la administración Trump haya activado cierta preocupación en España al surgir un competidor geoestratégico en el área de influencia española.
España le está diciendo a los americanos que ellos gobernarán el mundo, pero que en el Mediterráneo solo son invitados, antes de que el apoyo estadounidense e israelí dé demasiada fuerza a Marruecos y este se convierta en el administrador de facto del paso de Gibraltar.
La segunda vertiente que preocupa y ocupa a Sánchez es interna, pero interna europea.
La UE no pasa por un buen momento —sin olvidar que vivir en Europa sigue siendo mejor que vivir en cualquier otra parte del mundo—: el Brexit, la debilidad económica de Alemania y Francia, la falta de legitimidad y liderazgo de la Comisión Europea y las embestidas de Trump y su movimiento MAGA han trastocado las relaciones de poder dentro de la UE.
El movimiento no solo es de cara a EEUU, lo es también de cara a la vida interna de la familia europea
Hoy la hegemonía francoalemana ya no es tan fuerte y países como Italia, Países Bajos y España reclaman —de momento de forma tranquila— mucha mayor influencia en las decisiones y en el reparto de poder dentro de la UE. No es casualidad que al "No a la guerra" de Sánchez se le haya unido una mandataria nada sospechosa de ser progresista como la presidenta de Italia, Georgia Meloni. El movimiento no solo es de cara a EEUU, lo es también de cara a la vida interna de la familia europea.
Pero no seamos ingenuos. Los que alegan que Sánchez utiliza la política internacional de España con motivaciones internas tienen razón en parte. No es que la agenda internacional esté suponiendo una cortina de humo para tapar las debilidades internas de Sánchez. Al presidente esto le ha venido de forma inesperada. Lo internacional llena portadas en todos los países del mundo y tapa la actualidad nacional de cada país, estén sus mandatarios en problemas o no.
A Sánchez se le ha planteado un escenario y está jugando en ese escenario de la mejor manera posible. Sabe que hay una parte importante de la sociedad española que empieza a considerar que EEUU más que un aliado es un enemigo —Trump ha reforzado esa creencia— e intenta atraer a esa parte de la sociedad hacia su figura con dos herramientas: un liderazgo fuerte y de confrontación con Trump y el recordatorio del "No a la Guerra".
Este último es el enlace emocional con el que se trata de atraer a una parte importante del electorado. Tiene un factor en contra. Cuando se enarboló por primera vez el "No a la Guerra", el PSOE estaba en la oposición y eso activó una movilización social que sería imprescindible para atraer a esos votantes actualmente.
Hay memes y vídeos que alaban la posición del mandatario español, hasta el punto de utilizar el "No a la Guerra" como un movimiento global de oposición a los planes de Trump y Netanyahu
Ante ese problema, Sánchez plantea una novedad: el alcance internacional del eslogan. Unas visitas a las principales redes sociales nos harán darnos cuenta de que estas se han llenado de memes y vídeos que alaban la posición del mandatario español, hasta el punto de utilizar el "No a la Guerra" como un movimiento global de oposición a los planes de Trump y Netanyahu.
La pregunta es: ¿todo esto le puede servir a Sánchez para voltear su delicada situación interna? Solo el tiempo lo dirá, pero hay dos situaciones similares que darían legitimidad a una hipótesis favorable.
Dinamarca y la mejora electoral de los socialdemócratas en el gobierno tras las tensiones a cuenta de Groenlandia con la administración Trump, y Canadá, cuyo partido liberal estaba desahuciado electoralmente y que consiguió remontar hasta conservar el gobierno haciendo frente a las pretensiones anexionistas del presidente magnate americano.
El contexto español es más complejo y la crisis del PSOE es más profunda que la de los liberales canadienses, pero esta es la pelea que está dando Sánchez para recuperarse en apoyo popular y aprobación.
La guerra de Sánchez se libra en tres frentes, el internacional, el europeo y el español. La batalla que decidirá la guerra es la española, pero los otros frentes son igualmente importantes, ya que, sin ellos, la batalla final sería casi imposible para Pedro Sánchez a pesar de la ausencia de un rival interno mínimamente competitivo en el terreno del liderazgo.
Pero de la posición de Feijóo en todo esto, mejor hablamos otro día.