Pasajeros del Hondius EFE
La sociedad de consumo pretende conquistar un último territorio inconquistable: el riesgo. Se trata de añadir, al placer del viaje, la mística de la aventura.
Lo habíamos conseguido prácticamente todo: del sudor descargando sacos de patatas y cobrar, al sudor de cargar pesas de gimnasio y pagar. ¿Podría irse más lejos en la compra efectiva de agónicas experiencias? Pues sí, quedaba todavía cobrar la pieza más difícil de todas: el riesgo.
Comprar el riesgo es la última frontera, la extrema línea roja. Se trata de vivir aventuras peligrosas, pero exigiendo lo que siempre exige la sociedad del bienestar: la integridad física, la invulnerabilidad. Vamos, sentir el escalofrío del riesgo, pero volver vivos y alegres de nuevo a casa.
La sociedad del bienestar demanda emular a los más arrojados aventureros de la historia y contar, al mismo tiempo, con la exención de los inconvenientes que aquellos pudieran padecer: disentería, fiebre tifoidea, frío, hambre, rotura de huesos, muerte por lanzazo o inanición…
Se trata de vivir aventuras peligrosas, pero exigiendo lo que siempre exige la sociedad del bienestar
No está mal dar la vuelta al mundo siguiendo la ruta de Elcano, pero en yacht de 40 metros de eslora, tripulación competente y Moët & Chandon en cubitera, para acompañar cada noche una cena ligera, atendida por el servicio filipino. Eso no es exactamente lo que vivió Elcano, pero sirve para acrecentar el patrimonio inmaterial que hoy exhibe un buen viajero: el monopolio temático de las conversaciones de sobremesa.
La cuestión es que resulta imposible conseguir la cuadratura del círculo: comprar el riesgo garantizando la mayor seguridad. La prueba es que los medios traen noticia, constantemente, de trágicos sucesos ocurridos en esas arrojadas (y costosas) excursiones.
En junio de 2023, cinco personas fallecieron en las tripas insondables del batiscafo Titán, debido a una implosión catastrófica, cerca de los restos del Titanic. La inmensa presión a 3.800 metros de profundidad terminó en tragedia. Dos tripulantes. Tres turistas. Excitantes experiencias. Precios inimaginables. La muerte como final de viaje.
Los medios traen noticia, constantemente, de trágicos sucesos ocurridos en esas arrojadas (y costosas) excursiones
En mayo de 2024, cuatro turistas españoles (una vasca entre ellos) fueron asesinados en un atentado terrorista perpetrado en Afganistán. La larga experiencia viajera que atesoraban los fallecidos nada les ayudó en uno de los países más pobres y peligrosos del mundo, un país donde un turista todavía no es un saco de dólares, extraíbles con mejores o peores artes, sino apenas un perro infiel que se debe eliminar.
Dos años después, el buque MV Hondius, operado por Oceanwide Expeditions, combina en sus viajes la observación ornitológica con el turismo extravagante. Se trata de llevar al turista no ya a los mercadillos de El Cairo o Estambul, sino a las regiones más extremas del Ártico y el Antártico. Pues bien, ya conocemos la catástrofe de estos últimos días: viajeros infectados por un virus endémico del Cono Sur, algunos de ellos fallecidos, regreso accidentado, problemas de evacuación, cuarentena, más fallecidos, y percepción general de que es posible una nueva pandemia a nivel mundial.
La humanidad demanda que el viaje sea una experiencia cada vez más exigente. El viaje se ha convertido en una forma de propiedad inmaterial, un indicador de prestigio y, por qué no decirlo, un indicador también de la pasta que atesoras, a la vista del nivel de las excursiones que te puedes permitir.
El viaje se ha convertido en una forma de propiedad inmaterial, un indicador de prestigio y, por qué no decirlo, un indicador también de la pasta que atesoras
La extraña necesidad de disfrutar de todas las ventajas de la aventura sin padecer ninguna de sus desventajas es el nuevo desafío que el mercado debe satisfacer, ante el apetito insaciable de los consumidores.
Por mi parte, prefiero continuar con una vida donde los libros, la familia y los amigos sean la mejor experiencia imaginable. Dijo Blaise Pascal que la mayoría de los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del ser humano para quedarse tranquilamente en su casa. Creo que tenía toda la razón. Consciente del asunto, aporto mi granito de arena para que la humanidad no cargue aún con más problemas.