Pásate al MODO AHORRO
José Luis Rodríguez Zapatero en un acto en Vitoria.

José Luis Rodríguez Zapatero en un acto en Vitoria. Archivo

Opinión

Zeta pe, irabazi arte

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A veces me da por pensar cosas raritas. Y se acaba enfriando el café. Ayer por la mañana ocurrió a propósito de una partícula monosilábica, apenas una hebra en nuestro océano lingüístico: “de”. Qué inofensiva suena, pero incorpora “gente” por delante y “bien” por detrás. Y prepárate. Tanto su sola presencia como su vergonzosa ausencia le cambiarán el rostro a tu clase social. Incluso a la condición moral que la acompaña. La Mister Potato de la sintaxis.

Fíjate. La preposición “de” suele indicar pertenencia, origen, materia prima. La mesa de madera, el primo de Cuenca. Así que, aplicada a gente de bien, viene a decir que la decencia es la sustancia misma de la que están hechos ciertos seres humanos. Aun sin soplar el viento del oeste, huele a distancia.

Seguro que te has topado con alguna. Ya sabes, esa persona que vive honradamente por elección propia y pasa de las etiquetas de tu ropa o la marca del coche. La que sonríe al camarero, saluda en el campo, trae sopa en cuanto se entera de que la gripe te secuestró, evita el ghosting y no necesita preguntarse si salvaría antes al niño o al perro porque en su corazón cabe hasta el imbécil que plantea el dilema.

Y además sabe pedir perdón, a pecho descubierto, sin ese condicional cutre de “si hice daño” con el que los cínicos escurren el bulto.

Son virtudes de baja intensidad, pero alta necesidad: la palabra dada, el respeto al común, la piedad. Un patrimonio ético que, vaya por Dios, la derecha patria ansía secuestrar para satisfacer sus retorcidos deseos: hacernos creer que ser gente de bien es ser gente de orden. O sea, la que acepta que el jefe manda, el mercado regula, la libertad viene en vaso de caña y el Estado ampara al que ya tiene. Tan predecible y egoísta como tu cuñado jugando al Monopoly.

"Vaya por delante que no tengo vocación de jueza. Tampoco ganas de ensañamiento, que hace demasiado calor"

Y ahora, atención a este otro truco de magia, lo que pasa al borrar “de”. Extirpas la preposición y voilà: surge la gente bien, una categoría en la que la moral es optativa pero en ningún caso el requisito que otorga el carné del club. Eso lo da el chalé con piscina, la caridad de rastrillo benéfico y el tono modulado que, pobre iluso, te hace ver educación donde quizá solo hay interés de clase.

Desgraciadamente, desde que mutamos en homo sapiens, la fachada manda. Y cómo me repatea: atribuir bondades inexistentes o, peor, exculpar de cualquier barrabasada a la gente bien porque, date cuenta, nació en un nido de 600 hilos, se graduó gracias a popó y momó, trabaja 24/7 en una MBB y le sienta fenomenal el traje de tres piezas.

Pasa cada día. Los mismos que sufrirían un colapso de saber que su hija se ha ennoviado con el carterista del barrio o está embarazada de un divorciado que mintió para evitar el servicio militar obligatorio son capaces de aplaudir al rey emérito y votar a Abascal.

Pues eso. Que ayer se me enfrió el café con esta reflexión. Claro que, bien pensado, detonante hubo más allá de mi inclinación a divagar: José Luis Rodríguez Zapatero.

Vaya por delante que no tengo vocación de jueza. Tampoco ganas de ensañamiento, que hace demasiado calor. Y lo poco que he leído sugiere imputación cogida con pinzas del chino. Pero seamos honestos. Mas allá del Código Penal, cuesta creer que supere la ITV de la ética. Al menos, la que exige su ideario.

"A Zapatero lo votó una base ciudadana que creía en el progreso cívico y la honestidad"

A Zapatero lo votó una base ciudadana que creía en el progreso cívico y la honestidad. Pero si él fue tiempo ha gente de bien, tras años de perreo con las élites la preposición parece bailar un poco. Me dirás: reuniones en hoteles de lujo y embajadas paralelas, asesores de la oficina pública usando correos de consultoras privadas, hijas que de la noche a la mañana ya no lloran y sí facturan cual genias del marketing...

A la izquierda nunca le pediré vivir en una corrala ni vestir de Alcampo, como Pablo Iglesias antes de mudarse a Galapagar, pero estas cosas son raras. Suenan a gente bien más que a gente de bien.

También te cuento. Me sorprende, entre comillas, que otros expresidentes no hayan caído mucho antes en la telaraña de los tribunales. Méritos acumularon a manos llenas: Rajoy, Aznar y, cómo no, Felipe González, pionero de las puertas giratorias, billonario del capital riesgo, terrateniente y colombiano de adopción porque, al parecer, le gusta mucho el vallenato.

A saber en qué acabará el bombazo de la semana. Ahora bien, al margen de lo punible, el mínimo exigible desde ya debería de ser la transparencia. Auditorías, alfombras levantadas, americanas arremangadas. Para todos, sin sesgos ni trincheras, que nos conocemos.

Yo, que soy más de pro bono que de Bono, y tengo una hipoteca en vez de un imperio inmobiliario, me enciendo ante la doble vara de medir que manipula el debate. Y también me molesta, muchísimo, la pasividad que sigue al cabreo. Es como si hubiéramos aceptado el uso de la política como trampolín al club de los elegidos y no hubiera remedio. Salvo escribir un tuit indignado, o este artículo, para cubrir la cuota de decepción.

No sé, seguramente lo mejor que puedo hacer es dejar aquí el tema, poner otra cafetera y, mientras sube el agua, patentar el lema “Zeta Pe, irabazi arte”. Por lo que se venga.