El colectivo Ernai en una imagen de archivo Efe
Echo la vista atrás y compruebo la enorme transformación en la forma de vestir más popular. Un salto al que, por cierto, yo no soy ajeno, a pesar de algunas resistencias, más simbólicas que otra cosa.
En términos estéticos, el cambio representa un retroceso. En términos de comodidad, lo juzgo discutible. Pocas cosas más incómodas que una camiseta de algodón: la mayoría no tiene un maldito bolsillo donde depositar el móvil, las gafas, la cartera o, si aún existe, el paquete de tabaco.
Y qué decir de las deportivas, la mayoría pestilentes, que han desplazado a los cómodos y flexibles mocasines: son grandes, aparatosas, y encierran los pies en unas crueles cámaras de calor, así marquen cuarenta grados a la sombra.
Por alguna razón, la gente ha impreso un giro radical a su forma de vestir. En mi ciudad, hace diez o quince años la corbata empezó ya a declinar. Poco después lo hizo también la chaqueta. El siguiente paso nos introduce en el horror: pasear por Bilbao en verano y ver a un tipo con pantalón largo parece una quimera.
La canilla masculina al aire, siempre fea, a veces pálida, a veces peluda, es el símbolo acabado de una estética infernal
La canilla masculina al aire, siempre fea, a veces pálida, a veces peluda, es el símbolo acabado de una estética infernal. El modo en que se viste en mi país (cuando hace calor, pero también cuando caen chuzos de punta) es el modo en que se vestía durante mi infancia, no ya en el malecón de Zarauz, sino en la orilla misma de la playa.
Este fenómeno se extiende por otros lugares, pero entre los vascos alcanza su perfil más radical. Hace unos años me comentó un responsable de prensa gubernamental su incomodidad cuando condujo al despacho de su jefe al embajador de Canadá en España, y en el mostrador de recepción se encontraron con un administrativo en pantalón corto y camiseta de panadero.
Desconocemos la impresión del embajador, lo que sí sabemos es que la camiseta de panadero ha dejado ya de ser de panadero: en la Feria del Libro de Madrid, mismamente, la lució hace poco el exitoso escritor David Uclés, mientras firmaba libros, dejando al aire testimonio de su abigarrada pelambra pectoral.
El liderazgo estético de la extrema izquierda frente a los partidos socialdemócratas que todavía gestionan el gobierno
En Euskadi, me temo, el feísmo estético lleva marchamo ideológico. La desaparición de la corbata y la extensión de la camiseta de algodón, o, en pleno invierno, la desaparición de los abrigos y la extensión del jersey de montaña simbolizan el liderazgo estético de la extrema izquierda frente a los partidos socialdemócratas que todavía gestionan el gobierno.
Antes se hablaba mucho del espíritu emprendedor del pueblo vasco. Pero desde que todos perseguimos una plaza de funcionario, aquel discurso ha desaparecido. Del mismo modo, durante siglos oímos hablar sobre el vestir elegante y distinguido del bilbaíno. Ese discurso también ha desaparecido (por fortuna, a la vista de lo que hay).
La destrucción del rito, la incuria en las formas, el descuido, la negligencia estética, nunca son inocentes. Que Euskadi esté a la vanguardia de esa disolución es la victoria política de alguien. Y los derrotados hacen como si nada, como si esto no fuera con ellos. En estas claudicaciones se resuelve, a medio plazo, la educación política y estética de una sociedad.
Confieso, en todo caso, que yo me dejo llevar por las costumbres que imponen mis paisanos, ya que la supervivencia exige adecuarse a sus hábitos para integrarse en una sociedad.
Salvo que vaya a hacer deporte, jamás me paseo en zona urbana con pantalón corto
Aún así, mantengo una apariencia algo atildada, engalanada, casi extravagante. Por ejemplo, salvo que vaya a hacer deporte, jamás me paseo en zona urbana con pantalón corto. Si mantengo esta costumbre con firmeza, en poco tiempo pareceré un auténtico marqués.
Solo por mi edad provecta no veré a un ministro o a un lehendakari en gayumbos, camiseta abierta y sandalias cangrejeras, aireando sin recato los escondrijos del sobaco y quién sabe que otros íntimos escondrijos.
Pero sé que ese momento, en todo caso, llegará. Y cuando llegue, les será aún más difícil a los cargos públicos inspirar respeto a las nuevas generaciones, ya hoy mismo educadas en que hay poco o nada que respetar.
“Sólo las personas superficiales creen que las apariencias no importan”, escribió Oscar Wilde. Aunque Pablo Tusset, me temo, estuvo todavía mejor: “Hay que guardar las apariencias, son lo único que tenemos”.