Pásate al MODO AHORRO
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump Bonnie Cash EFE

Opinión

Al manicomio

Publicada

La palabra me chirrió tanto, me resultó tan áspera como el sonido de una tiza al contacto con una pizarra. Hacía mucho que no la escuchaba. La había fulminado de mi diccionario.

“Fulanita, la que estuvo en el manicomio de Zaldibar”, me dijo mi madre por teléfono mientras yo conducía hacia el trabajo. Obvié toda la frase excepto aquel término -manicomio- capaz de transportarme en un instante a otra vida pasada, aunque esa vida no fuera ni tan pasada ni tan lejana.

Yo conocí y normalicé ese vocablo que ahora me choca y que siempre hizo referencia al lugar en el que desaparecían los cuerdos y aparecían los “locos”. Y no ha sido hasta hoy, transcurridos los años, cuando he comprendido que aquella supuesta locura que se evitaba como el contagio de la peste, no era otra cosa que una tristeza preservada en el tiempo como se preserva una flor para eternizar su esencia. Una tristeza sostenida en el tiempo como una nota musical en el piano.

Hubo una época -demasiado larga- en la que no estaba bien vista la debilidad de la mente; su enfermedad. Ahora es más bien todo lo contrario. Hasta se ha convertido en moda, en tendencia en redes sociales presumir de un problema de salud mental que entonces se escondía tras las paredes de un psiquiátrico y se intentaba mitigar con camisa de fuerza o terapia de electroshock. Vaya locura la cura de la propia locura.

Busco en la Real Academia Española la definición de manicomio: “hospital o clínica donde se trata a los enfermos mentales que han perdido la razón”. Enfermos. Mentales. Que han perdido la razón. ¿Y si todos lo fuéramos de alguna forma? Porque, ¿quién no ha perdido la razón alguna vez?

Lo hicimos al elevar a categoría de Dios a un cantante que escribe poesía menor sobre noches locas y anatomía femenina y que solo deja entrar en su “casita” a mujeres guapas, famosas y con curvas. Lo hicimos al perrear sus letras como si en ello se nos fuera el mismo mundo, mientras ondeábamos la bandera de la igualdad.

Perdimos la razón al dar por bueno ir al gimnasio con maquillaje y bolso de Gucci. Al aceptar el exceso de botox como un borrador de historias. Al creer que lo importante estaba fuera y no dentro.

Lo hicimos al normalizar las guerras enquistadas y al condenar al olvido a sus víctimas. Lo hicimos al asumir a un Donald Trump como inquilino de la Casa Blanca. Al naturalizar que se le pida el pasaporte a la mujer de un presidente de gobierno en una causa desproporcionada y al dejar que un comisionista corrupto quede exento de prisión.

Perdimos la razón por amor. Y por su falta. Lo hicimos al rebelarnos contra las normas de una naturaleza que no hizo otra cosa que rebelarse contra nosotros a través de lluvias torrenciales, ciclones, fuegos devastadores y terremotos. Lo hicimos al dar de lado a la vejez. Al convertir la soledad no deseada en una pandemia. Al cambiar la palabra por la pantalla. Al inventar una inteligencia demasiado artificial. Nos creímos cuerdos. Y no lo estábamos en absoluto.

Hace poco más de un año visite en Saint-Rèmy (Francia) el hospital psiquiátrico en el que Vincent Van Gogh permaneció un año ingresado allá por 1889 aquejado de melancolía. En las cartas que desde ese lugar de pasillos alargados y vistas a hileras de olivos escribió a su hermano Theo y que quedaron recopiladas en un libro que leí durante aquel viaje, el pintor exhumaba tristeza por todos los poros de sus lienzos, aunque le convencieran de ser un perturbado: “Al ver la realidad de la vida de los locos o tocados distintos en esta casa de fieras, pierdo el vago temor, el miedo de la cosa. Y poco a poco puedo llegar a considerar la locura como cualquier otra enfermedad”. Desde la ventana de su pequeña celda pintó Van Gogh la campiña francesa en algunos de los que fueron sus mejores cuadros.

El caso es que en estos días ciertamente locos, polarizados y ruidosos, sólo he encontrado un poco de sensatez en una imagen que ha dado la vuelta al mundo. La de un hombre sujetando y serenando a su esposa en silla de ruedas mientras su casa se balanceaba de un lado a otro por los temblores de tierra en Venezuela. Los cuadros, el sofá, el gato, la mesilla, el andador, el suelo, la vida... todo tambaleándose a su alrededor, excepto ellos mismos. Y en ese gesto de cordura en mitad del sinsentido, en esa escena, entre sollozos, aferrada a las manos de su marido, una frase pronunciada por la mujer: “Tengo miedo, amor. No te vayas”. “No, no, no”, le responde él. Como si de pronto Dios, desde ahí arriba, con el mundo abajo agitándose por completo, hubiera escrito la historia de ese matrimonio sin ningún renglón torcido.