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La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern / EFE
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern / EFE

Jacinda Ardern anunció ayer que dimitía y que dejaba su cargo como primera ministra de Nueva Zelanda antes de que acabe su mandato. Ardern, que ha sido la tercera mujer que ocupa el puesto de primera ministra en su país, siempre reconoció la inspiración que supuso el hecho de que otras mujeres ocupasen el cargo de máxima responsabilidad en Nueva Zelanda antes que ella. Otra vez, la importancia de los referentes en las carreras profesionales de las mujeres para evitar el temido “síndrome de la impostora”

Ardern, que se convirtió en la mujer dirigente más joven del mundo cuando fue elegida primera ministra en 2017 a los 37 años, renuncia porque no le quedan fuerzas. En un ejercicio de honestidad, lanza un mensaje claro, para asumir un puesto de esta responsabilidad hay que estar al máximo de tus fuerzas, y a ella no le quedan. Otra vez, en el centro del debate, una disyuntiva que todavía pesa sobre las espaldas de las mujeres, el ansiado equilibrio entre el lugar que ocupa lo personal y el espacio que ocupa lo profesional, sin sentir que estás haciendo “un recital de calqué en un campo de minas”. 

Jacinda Ardern ha sufrido un escrutinio de su vida personal imposible de imaginar en sus homólogos hombres: ser una mujer joven, divertirse con sus amigos, ser sensible y empática, y practicar el liderazgo de una manera en la que conjugaba sensibilidad y determinación, parecía imposibilitarle para ejercer el cargo

Durante su mandato, Jacinda Ardern ha sufrido un escrutinio de su vida personal imposible de imaginar en sus homólogos hombres: ser una mujer joven, divertirse con sus amigos, ser sensible y empática, y practicar el liderazgo de una manera en la que conjugaba sensibilidad y determinación, parecía imposibilitarle para ejercer el cargo de máxima responsabilidad de su país. El agotamiento de la exposición, el escrutinio público, la exigencia del cargo, y la interiorización de un liderazgo responsable, le han hecho mostrar un raro – por poco habitual – ejercicio de autoconciencia y humildad: lo dejo, es así de simple, ya no tengo fuerzas.

La exposición y la referenciabilidad que ha alcanzado una mujer como Jacinda Ardern que durante sus cinco años de mandato nos ha mostrado otra manera de ejercer el liderazgo, le llevará a recibir críticas porque habrá quien perciba su decisión como una muestra de debilidad, más que como una fortaleza. Así es como hemos creído que se ejerce el liderazgo, donde el cansancio no tiene cabida y el ejercicio del poder vale a cualquier precio, y a costa de toda renuncia. En la carrera hacia la igualdad, hemos adoptado el aspecto del empoderamiento, pero seguimos marginando el afecto y la atención.

Muchas veces a las mujeres no nos quedan fuerzas porque visibilizamos la trascendencia de la vida en nuestro día a día profesional

Detrás de la decisión de Ardern hay una reflexión profunda: muchas veces a las mujeres no nos quedan fuerzas porque visibilizamos la trascendencia de la vida en nuestro día a día profesional. Como concluye Arlie R. Hochschild en su libro, ‘La doble jornada’, independientemente de que las mujeres trabajen a jornada completa, media jornada o se dediquen exclusivamente al trabajo doméstico; independientemente de que las mujeres ganen más o menos que sus parejas, siempre y, en cualquier caso, los “maridos” disfrutan de más tiempo libre que las “mujeres”; siempre y, en cualquier caso, las mujeres se sienten más agotadas que sus maridos. Si no queremos que se nos agoten las fuerzas, todavía tenemos un gran reto pendiente, valorar y compartir el cuidado de la vida

Gracias, Jacinda por mostrarnos que el liderazgo también se puede ejercer desde la empatía y las emociones. 

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