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Adolescencia digital: claves para entender el impacto de las pantallas en la salud mental

En un contexto marcado por el uso constante de móviles, redes sociales y videojuegos, los especialistas alertan de la necesidad de acompañar a los jóvenes para que aprendan a relacionarse con la tecnología

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La adolescencia siempre es una etapa compleja. Cambian las emociones, la forma de relacionarse con los demás, la percepción de uno mismo y también la necesidad de encajar. Pero hoy todo eso ocurre, además, bajo la mirada constante de una pantalla.

Las redes sociales, los móviles y las plataformas digitales han transformado la manera en la que los jóvenes se comunican, construyen su identidad y gestionan lo que sienten. Y ahí es donde empieza una de las grandes preocupaciones actuales: el impacto que este entorno digital puede tener sobre la salud mental.

La psicóloga Itxasne Gallastegui, especialista en Psicología Clínica en Hospital Quirónsalud Bizkaia y Centro Médico Quirónsalud Plaza Euskadi, abordó esta cuestión durante el encuentro de Fundación Quirónsalud Stay Healthy, celebrado recientemente en el Bizkaia Aretoa de la Euskal Herriko Unibertsitatea. En este acto participaron 258 estudiantes de Bizkaia junto a profesionales del Hospital Quirónsalud Bizkaia. La jornada reunió a alumnos de Lauro Ikastola, Colegio Irlandesas Leioa y Colegio Andrés de Urdaneta en un programa centrado en el bienestar emocional y los hábitos saludables.

Gallastegui comienza dejando claro que el debate no debe centrarse en demonizar las pantallas. “No estamos ante una relación simple de causa y efecto”, explica. La evidencia científica, señala, muestra asociaciones entre determinados usos de la tecnología y síntomas de ansiedad, bajo estado de ánimo, problemas de autoestima o sensación de soledad, pero el impacto depende de muchos factores: el contexto familiar, la vulnerabilidad previa del adolescente, la calidad de sus relaciones o la forma en la que utiliza la tecnología.

Lo importante, añade, no es solo cuánto tiempo pasan los adolescentes delante de una pantalla, sino qué lugar ocupa ese uso en su vida. Porque no todos los consumos digitales son iguales. “El uso activo y social puede tener efectos neutros o incluso positivos, mientras que el uso pasivo, comparativo o evitativo suele relacionarse con más malestar”, apunta.

La búsqueda constante de validación

Uno de los cambios más profundos que han introducido las redes sociales tiene que ver con la identidad. Antes, crecer era un proceso más íntimo. Ahora, gran parte de esa construcción personal se expone públicamente. Los adolescentes no solo descubren quiénes son: también lo muestran, lo comparan y lo ajustan en función de la respuesta que reciben.

“Las redes convierten la aceptación en algo visible y cuantificable”, explica Gallastegui. Un ‘like’, un comentario o el número de seguidores pasan a funcionar como señales de reconocimiento. El problema aparece cuando la autoestima empieza a depender demasiado de esa validación externa.

La psicóloga recuerda que el cerebro adolescente es especialmente sensible a la recompensa inmediata y a la evaluación social. Por eso las plataformas digitales resultan tan atractivas. Cada notificación, cada vídeo nuevo o cada mensaje activa los circuitos de recompensa del cerebro. “No es una cuestión de falta de voluntad. Hay un funcionamiento cerebral detrás”, explica.

Ese mecanismo favorece la búsqueda continua de estímulos rápidos y dificulta algo tan básico y, a la vez, tan necesario, como tolerar el aburrimiento o la espera. Poco a poco, el cerebro se acostumbra a la inmediatez.

También influye en la comparación social. Compararse con otros forma parte del desarrollo adolescente, pero las redes multiplican ese fenómeno en un entorno donde la realidad suele estar filtrada y editada. “Muchos adolescentes sienten que nunca están a la altura porque se comparan constantemente con versiones idealizadas de los demás”, señala.

Dormir peor, concentrarse menos

Si hay un ámbito donde la evidencia científica es especialmente clara es en el impacto de las pantallas sobre el sueño. Dormir menos o dormir mal afecta directamente al estado de ánimo, la regulación emocional, la atención y el rendimiento académico.

La luz azul de los dispositivos retrasa la producción de melatonina, la hormona que ayuda a iniciar el sueño. Pero además está el componente emocional: el cerebro permanece activado mientras consume vídeos, redes sociales o videojuegos. Y desconectar no siempre es sencillo. “El clásico ‘cinco minutos más’ tiene mucho que ver con cómo funcionan las plataformas digitales y el sistema de recompensa cerebral”, explica Gallastegui.

La consecuencia es un cansancio acumulado que muchas veces pasa desapercibido. Un adolescente que duerme mal puede mostrarse más irritable, más impulsivo o tener mayores dificultades para gestionar el estrés cotidiano.

A eso se suma otro fenómeno cada vez más frecuente: la atención fragmentada. El cerebro se adapta al entorno en el que se entrena. Cuando se acostumbra a estímulos rápidos, constantes y muy breves, mantener la concentración durante tareas largas o menos estimulantes se vuelve más complicado. No significa que los adolescentes hayan perdido capacidad de atención, aclara la psicóloga, sino que su sistema atencional se está adaptando a un contexto hiperestimulante.

En muchos casos, además, las pantallas terminan desplazando actividades esenciales: tiempo de descanso, lectura, estudio reflexivo, deporte o relaciones presenciales.

Las señales que deben preocupar

Gallastegui insiste en que las pantallas no actúan de forma aislada. “Más bien funcionan como amplificadores de dificultades previas”, dice para alertar de que “un adolescente con inseguridad puede verse más afectado por la comparación constante; alguien con ansiedad social puede refugiarse en el entorno digital para evitar situaciones incómodas”.

Por eso recomienda observar cambios sostenidos en el comportamiento más allá del tiempo de uso. Algunas señales de alarma son la irritabilidad intensa cuando no tienen acceso al móvil, el aislamiento progresivo, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, los cambios en el sueño o el descenso del rendimiento académico.

“Lo importante no es una conducta puntual, sino cuándo empieza a interferir en la vida cotidiana”, resume la psicóloga de Hospital Quirónsalud Bizkaia.

Otro aspecto relevante es el uso de la tecnología como vía principal para gestionar emociones incómodas. El móvil puede convertirse en una forma rápida de escapar del aburrimiento, la tristeza o la ansiedad. El problema aparece cuando esa es prácticamente la única estrategia disponible. “La regulación emocional se aprende atravesando emociones, no evitándolas continuamente”, explica.

No prohibir ni dejarles solos

Desde su experiencia clínica, Gallastegui cree que uno de los errores más frecuentes en las familias es centrarse únicamente en controlar el tiempo de pantalla. “Muchas veces se intenta resolver el problema desde la prohibición o desde el castigo, pero sin entender qué función cumple ese uso en la vida del adolescente”, afirma.

La psicóloga considera que ni la permisividad total ni el control rígido suelen funcionar. Lo que realmente necesitan los adolescentes es acompañamiento. Límites claros, sí, pero también conversación, presencia y ejemplo.

“Las funciones de autorregulación todavía están en desarrollo en esta etapa. No podemos pedirles que gestionen solos un entorno diseñado precisamente para captar su atención”, explica.

Por eso recomienda establecer normas coherentes y sostenidas en el tiempo: evitar dispositivos en la habitación por la noche, crear espacios sin pantallas durante las comidas o fomentar actividades fuera del entorno digital. Pero también interesarse por lo que hacen en internet, hablar sobre redes sociales y ayudarles a desarrollar una mirada crítica.

Y hay algo más: el modelo adulto. “Los adolescentes observan constantemente cómo usamos nosotros las pantallas”, recuerda. Resulta difícil pedir desconexión si el móvil está presente todo el tiempo también en casa.

Lejos del alarmismo, Gallastegui insiste en que la tecnología no es el enemigo. Puede ser una herramienta de aprendizaje, creatividad o conexión. El reto está en evitar que sustituya aspectos fundamentales del desarrollo adolescente: el vínculo, la regulación emocional, el descanso o la capacidad de sostener el esfuerzo.

“No se trata de preparar a los adolescentes para vivir sin tecnología”, concluye. “Se trata de ayudarles a no perderse dentro de ella”.